Arena Roja: Infierno Azul
Por: Dirk Kelly
Capítulo 47
Dylan Mercer soñó que estaba trabajando.
Lo cual, para él, ya era una forma bastante cruel de pesadilla.
Estaba sentado detrás del mostrador de Infierno Azul, todavía en bata de felpa, con el cabello revuelto y varios días de barba. Frente a él había una bolsa de papas fritas abierta y una televisión diminuta transmitiendo estática.
El motel estaba vacío.
Completamente vacío.
No estaban Adrián, Chloe ni Indra.
No estaban Cassian ni Zaza.
No estaba Cristabelle.
Ni siquiera se escuchaba el viento del desierto.
Dylan miró el reloj de manecillas de pared.
11:47 a.m.
Parpadeó.
11:47 a.m.
Volvió a parpadear.
11:47 a.m.
—Bueno —murmuró—. Por lo menos el universo decidió congelar el reloj antes de cobrarme horas extras.
Entonces sonó la campanilla de recepción.
Ding.
Dylan levantó la cabeza.
Un hombre atlético y musculoso con ropa ajustada estaba parado frente al mostrador.
Al principio creyó que era un huésped.
Después reconoció el rostro.
Era Mason Legrand.
Pero Dylan todavía no conocía a Mason.
No en aquel momento.
Y eso fue lo primero que hizo que el sueño comenzara a sentirse equivocado.
Mason llevaba una camiseta blanca húmeda por el sudor, pantalones deportivos oscuros y botas. Su cabello rubio ceniza estaba despeinado y sobre su hombro descansaba una bolsa de viaje.
Tenía ese aspecto de héroe de película de acción que acababa de bajarse de un automóvil después de atravesar tres estados.
Dylan lo miró.
Mason lo miró.
Durante varios segundos ninguno dijo nada.
—¿Habitación? —preguntó finalmente Dylan.
Mason sonrió.
—La que tengas disponible.
Dylan miró el libro de registro.
Había una sola habitación marcada.
NÚMERO 8.
Se le secó la boca.
—Esa no.
Mason inclinó ligeramente la cabeza.
—¿Por qué?
Dylan señaló el pasillo.
—Porque ahí no entra nadie.
—¿Nunca?
—Nunca.
Mason sonrió otra vez.
Y Dylan tuvo una extraña sensación. No sabía porque estaba diciendo esa de esa habitación.
Pero no era miedo lo que sentía.
Era algo mucho más incómodo.
Como si hubiera conocido aquella sonrisa antes de conocer al hombre.
—Entonces dame otra.
Dylan revisó el registro.
Todas las habitaciones aparecían ocupadas.
Excepto la número 8.
—No hay otra.
Mason se acercó al mostrador.
Dylan retrocedió involuntariamente.
No porque Mason lo amenazara.
Todo lo contrario.
Había algo absurdamente tranquilo en él.
El cuerpo atlético, los hombros anchos, los muslos musculosos, el rostro todavía joven pero endurecido por algo que Dylan no sabía nombrar. Una presencia que parecía llenar demasiado espacio para una recepción tan pequeña.
—¿Y si compartes la habitación conmigo? —preguntó Mason.
Dylan abrió mucho los ojos.
—¿Qué?
Mason soltó una carcajada.
—Era una broma.
Dylan tragó saliva.
—Ah.
—Aunque te pusiste rojo.
—Hace calor.
—Claro.
Mason se quitó la camiseta.
Dylan apartó inmediatamente la mirada.
—¡Hace muchísimo calor! —repitió Dylan.
—No dije nada.
—Yo tampoco.
Mason volvió a reír.
Y entonces todas las luces del motel se apagaron.
Dylan despertó.
O creyó despertar.
Seguía detrás del mostrador.
Pero ya no era mediodía.
Era de noche.
Las ventanas estaban cubiertas de condensación.
La televisión mostraba una imagen congelada de una playa.
La playa de La Sirena y El Diablo.
Dylan se acercó.
La imagen cambió.
Apareció el bosque.
La cabaña de Dirk.
Luego el faro.
Después la habitación donde había aparecido el círculo de sangre.
Y finalmente… Mason.
Desnudo de cintura para arriba, de pie frente a un espejo.
Dylan se quedó inmóvil.
Mason no estaba mirando la cámara.
Estaba mirando directamente a Dylan.
Aunque la pantalla no debería haber podido mostrarlo.
—¿Me estás viendo? —preguntó Mason desde la televisión.
Dylan retrocedió.
—No.
—Sí me ves.
—No.
Mason sonrió.
—Todavía no sabes quién soy.
La pantalla se llenó de interferencia.
Cuando volvió la imagen, Mason ya no estaba.
Había otra persona.
Dirk.
Dylan sintió que el estómago se le cerraba.
Dirk estaba frente al mismo espejo.
Su bata blanca estaba abierta y su cabello rubio caía sobre su frente. Parecía exactamente como la figura que Cristabelle había visto semanas atrás caminando por la carretera.
Pero esta vez tenía los ojos completamente negros.
—No lo mires —susurró Dylan.
Dirk levantó una mano y apoyó la palma contra el espejo.
—Demasiado tarde.
El cristal se abombó.
Como si respirara.
Dylan retrocedió.
Entonces apareció una segunda mano desde el otro lado.
Después una tercera.
Y una cuarta.
Dedos masculinos, dedos femeninos, pálidos, ensangrentados.
Todas las manos golpearon el espejo al mismo tiempo.
¡PUM!
Dylan gritó.
El espejo se quebró.
Pero detrás de los fragmentos no apareció el pasillo.
Apareció el bosque.
Y en medio del bosque estaba Mason.
Esperándolo.
Dylan corrió.
No sabía por qué.
Solo sabía que tenía que salir.
Atravesó la puerta principal de Infierno Azul y apareció directamente entre los árboles.
La cabaña de Dirk estaba frente a él.
—No, no, no…
La puerta estaba abierta.
Desde dentro llegó una voz.
—Dylan.
Era Mason.
Dylan se quedó quieto.
—¿Mason?
—Entra.
—No.
—Tengo frío.
Dylan miró hacia la puerta.
—¿Tú?
—Sí.
—¿En una cabaña embrujada?
—Sí.
Dylan respiró profundamente.
—Esto tiene que ser una pésima idea —dijo Dylan.
—Probablemente —dijo Mason.
Dylan entró.
Mason estaba sentado en una vieja silla de madera.
La luz de la luna atravesaba una ventana rota y dibujaba sombras sobre su torso.
Dylan intentó concentrarse en cualquier otra cosa. La pared. El suelo. Una lámpara. Cualquier cosa.
—¿Por qué me miras así? —preguntó Mason.
—No te estoy mirando.
—Llevas treinta segundos mirando mi hombro.
Dylan bajó los ojos.
—Es un hombro interesante.
Mason sonrió.
—Gracias.
—No fue un cumplido.
—Sonó como uno.
Dylan soltó una risa nerviosa.
Por un instante, el horror desapareció.
Solo quedaron los dos hombres dentro de aquella cabaña.
El silencio.
La cercanía.
Una tensión extraña, casi absurda, como si el sueño hubiera decidido convertir una pesadilla en una película completamente distinta.
Mason se levantó.
Quedaron frente a frente.
—Dylan.
—¿Sí?
—¿Tú también sientes que ya estuvimos aquí?
Dylan dejó de sonreír.
—Sí.
Mason levantó lentamente una mano.
No llegó a tocarlo.
El espejo detrás de ellos se rompió solo.
CRAAACK.
Dylan giró.
En el cristal apareció su propio rostro.
Pero no era su reflejo.
Era otro Dylan.
Más pálido.
Con los ojos negros.
Y detrás de él…
estaba el Observador.
Una silueta alta, inmóvil, sin rostro definido.
Mason también miró.
—¿Lo ves?
Dylan asintió.
El otro Dylan dentro del espejo sonrió.
—No —dijo.
Dylan sintió un escalofrío.
—¿Qué?
El reflejo levantó un dedo.
Señaló a Mason.
Después señaló a Dylan.
Y finalmente señaló hacia detrás de ellos.
Dylan se volvió.
La cabaña estaba llena.
No de personas.
De reflejos.
Cristabelle.
Chloe.
Indra.
Adrián.
Dirk.
Colt.
Ramona.
Todos aparecían en espejos distintos, observándolos desde lugares extraños.
Y entre ellos había una figura que Dylan no reconocía.
Un hombre de pelo castaño.
Mason.
Otro Mason.
Y otro.
Decenas de Masons.
Todos idénticos.
Todos mirándolo.
Todos sonriendo.
El verdadero Mason susurró:
—Ahora entiendes por qué no debías conocerme todavía.
Las paredes comenzaron a respirar.
Dylan sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies.
—¿Qué significa eso?
Mason se acercó.
—Que ya me conocías.
Dylan abrió la boca.
Pero antes de poder responder…
todo se volvió blanco.
Dylan despertó de golpe.
Estaba detrás del mostrador de Infierno Azul.
Respiró agitadamente.
Miró alrededor.
El sol entraba por las ventanas.
El motel estaba tranquilo.
La bolsa de papas seguía sobre el escritorio.
Dylan se tocó la cara.
—Fue un sueño…
Miró el reloj.
11:47 a. m.
Se quedó inmóvil.
Después soltó una pequeña carcajada.
—Perfecto. Soñé que soñaba.
Se levantó.
Caminó hasta la puerta.
El desierto estaba exactamente como debía estar.
Nada extraño.
Nada sobrenatural.
Nada.
Dylan salió al estacionamiento.
Entonces escuchó un automóvil acercándose.
Un Porsche.
Dylan sonrió.
—Bueno… al menos tendremos un huésped.
El automóvil se detuvo.
La puerta se abrió.
Dylan vio bajar a un hombre rubio, atlético, con una bolsa de viaje sobre el hombro.
Mason.
Dylan lo observó acercarse.
Y por alguna razón…
sintió que ya lo conocía.
—¿Habitación? —preguntó Mason.
Dylan tragó saliva.
—La que tengas disponible.
Mason sonrió.
—La ocho.
Dylan sintió que el mundo se detenía.
—No.
Mason inclinó la cabeza.
—¿Por qué?
Dylan abrió la boca.
Pero antes de responder, miró hacia la ventana de recepción.
En el cristal estaba su reflejo.
Solo que esta vez… el reflejo no era Dylan.
Era el Observador.
Quieto.
Mirándolo desde el otro lado.
Y cuando Dylan se volvió para mirar detrás de él, no había nadie.
Volvió a mirar el cristal.
El Observador seguía allí.
Entonces levantó lentamente una mano… y señaló a Dylan.
Como si acabara de reconocerlo.
Y Dylan comprendió, demasiado tarde, que todavía no había despertado.
Continuará…
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