Arena Roja: Infierno Azul - Capítulo 36.

 



Arena Roja: Infierno Azul

Por: Dirk Kelly


Capítulo 36


Por primera vez desde que alguien de los presentes en Infierno Azul  podía recordar...


Dirk Callahan sintió miedo.


No el miedo físico.


No el miedo a morir.


Algo peor.


El miedo a quedarse solo.


Los espejos del lobby acababan de apagarse. Los duplicados afines a él —Dirk X, Chloe Y, Indra Z, Adrián YZ y Ernest B— seguían existiendo en alguna parte de la Dimensión Espejo, pero ya no respondían a sus llamados, ni podían regresar a nuestra mundo como aquel fin de semana con Ernest de Eros...


Ya no le obedecían a Dirk.


Ya no lo reconocían como guía.


Y el Eco del Bosque.


Y el Eco del Litoral.


Tampoco.


Dirk permaneció inmóvil.


Respirando lentamente.


Sintiendo por primera vez que todas las fuerzas que había intentado manipular durante años lo observaban como un simple mortal.


No se sentía así desde...


Irlanda...


La lluvia golpeaba los cristales de esa lujosa casa que fungia como oficina.


Dirk tenía apenas 7 años.


Su madre, Aline Callahan, le acomodó la bufanda mientras sonreía.


—No te alejes mucho, cariño.


Su padre, Robert Callahan, revisaba unos documentos de trabajo relacionados con Grupo Inversiones Cumbre.


Era una familia normal.


O lo más normal que podía ser una familia acostumbrada a vivir entre países.


Dirk recordaría siempre el olor del café.


La lluvia.


La voz de su madre.


El patio.... Las demás casas.


Luego...


El caos.


Sirenas.


Gritos.


Un atentado cometido por una pequeña célula extremista de Irlanda del Norte dejó víctimas mortales entre civiles y policías.


Sus padres no eran objetivos.


Solo estuvieron en el lugar equivocado.


En el momento equivocado.


Años después Dirk apenas recordaría los detalles.


Pero jamás olvidaría la sensación.


La de descubrir que el mundo podía romperse sin previo aviso.


Sudáfrica...


Después del funeral regresó a Johannesburgo.


Allí lo esperaban su tía paterna.


Y el abuelo de ésta.


Herbert Callahan.


Anciano.


Elegante.


Educado.


Y profundamente perturbador.


Herbert jamás levantaba la voz.


Jamás.


Pero cuando hablaba, los demás escuchaban.


Su casa estaba llena de libros antiguos.


Mapas.


Objetos rituales.


Símbolos extraños. Esotéricos.


—El mundo tiene capas, muchacho— le decía Herbert.


—¿Como una cebolla?


—Como una mentira.


Dirk tenía once años entonces.


Herbert sonrió.


—Y las mentiras más peligrosas son las que se parecen demasiado a la verdad.


Fue Herbert quien le enseñó a desconfiar de la realidad.


Fue Herbert quien sembró en él la obsesión por los símbolos.


Por los reflejos.


Por los umbrales.


Por aquello que existe entre dos lugares.


Por el poder...


Años después Dirk ya no recordaría cuándo empezó la fascinación.


Pensaría que era solo suya.


Pero no.


Era en buena parte una herencia.


Una enfermedad transmitida como un apellido.


...Transmitida por Herbert Callahan.


Estados Unidos – 2012...


La familia se trasladó definitivamente con los Callahan en Estados Unidos cuando este estaba por cimplir 15 años.


No quedaba ningún Callahan en Sudáfrica.


Herbert los acompañó.


Viejo.


Silencioso.


Siempre observando.


Y fue allí donde Dirk ingresó al Instituto Saint Mary.


Donde conoció a Chloe.


Y después a Indra.


Y donde todo comenzó a deformarse.


Porque la fascinación que sintió por Indra jamás fue simple atracción.


Fue obsesión e intensa lujuria.


Como si algo antiguo hubiera despertado al verla.


Como si un reflejo hubiera encontrado su espejo.


Presente...


Dirk regresó bruscamente al ahora.


El círculo seguía brillando.


El anillo seguía suspendido sobre la sangre.


Y el Eco continuaba observando.


Entonces miró a Adrián.


Y comprendió por qué este había sido elegido. 


No era pureza como dijo Cassian.


Nunca había sido pureza.


Adrián había hecho cosas demasiado duras para encajar en esa definición.


El Eco había visto otra cosa.


Fragmentos.


Carreteras.


Moteles.


Peleas.


Trabajo sucio.


Hombres armados.


Encargos peligrosos.


Dinero ganado en lugares donde las leyes se volvían opcionales.


No era un asesino implacable.


No era un monstruo.


Pero tampoco era inocente.


Adrián había vivido en los márgenes.


Durante un instante todos los presentes vieron lo mismo. En el espejo grande de la habitación...


Un recuerdo.


Una carretera perdida años atrás.


Adrián bajando de una camioneta.


Negociando la liberación de un rehén.

Desarmando una situación que otros habrían resuelto a balazos.


Recibiendo golpes.


Dando algunos.


Pero negándose a cruzar cierta línea.


Siempre la misma línea.


El Eco mostró más.


Decenas de caminos posibles.


En muchos de ellos Adrián moría.


En otros se convertía en algo oscuro.


En algunos jamás conocía a Chloe ni a Indra.


Pero en todos...


Seguía eligiendo.


Una y otra vez.


Cassian fue quien lo entendió.


—Por eso.


Todos lo miraron.


—¿Por eso qué?


—El Eco lo eligió porque es una intersección.


Zaza asintió lentamente.


—Ha pertenecido a demasiados caminos distintos.


—Con demasiadas versiones posibles.


—Demasiadas vidas que pudieron existir.


El Eco no busca solo un ancla o un reemplazo.


Busca también un punto donde convergen realidades.


Y Adrián es eso.


Entonces el anillo vibró.


Todos giraron.


La joya de Dirk flotaba sobre la sangre luminosa.


Ahora podían verla mejor.


No era plata.


No era acero.


Parecía hecha de algo más antiguo.


Algo que reflejaba luz incluso cuando no la recibía.


Runas diminutas aparecían en su superficie.


Moviéndose.


Reacomodándose.


Como si estuvieran vivas.


Cassian se acercó y dijo:


—Ahora lo entiendo.


—¿Qué?


—El anillo nunca abrió portales.


—Los fijaba.


La sangre del círculo respondió.


Comenzó a ascender formando hilos rojos alrededor del metal.


Como raíces.


Como venas.


—El anillo es un ancla material. Y la sangre de la duplicada de Cristabelle es el puente biológico—continuó diciendo Cassian—Juntos permiten que el Eco interactúe con nuestra realidad.


El suelo tembló.


No como antes.


Más profundo.


Como si algo estuviera despertando bajo los cimientos del motel.


Bajo la playa.


Incluso lejos... Bajo el bosque del norte.


Bajo ambas dimensiones.


Incluso Dirk sintió un escalofrío.


Porque reconoció algo.


No la presencia.


El patrón.


Lo había visto décadas atrás.


En los libros de Herbert Callahan.


En notas que el anciano nunca permitió que nadie leyera completas.


En dibujos incompletos.


Símbolos que hablaban de algo anterior a los Ecos.


Anterior a los duplicados.


Algo que los antiguos textos llamaban:


El Primer Reflejo.


No un ser vivo.


No exactamente.


Sino la fuente de todos los reflejos.


La primera sombra que alguna vez imitó a alguien.


La primera grieta.


La primera copia.


El primer Doppelganger...


Y mientras el motel volvía a temblar...


Dirk comprendió algo aterrador.


Si aquello estaba despertando...


Ni él.


Ni los Ecos.


Ni los duplicados.


Ni siquiera los Guardianes de los Bordes Cassian y Zaza.


Estarían realmente preparados para lo que venía.


Continuará...


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