Arena Roja: Infierno Azul
Por: Dirk Kelly
Capítulo 46
Otra vez algo o alguien esperaba pacientemente a que Antonio abriera los ojos... en los sueños. Y cuando los abrió, escuchó primero el mar. No lo veía todavía. Solo lo escuchaba. Un oleaje lento, pesado, como si el océano respirara debajo de una sábana.
Antonio estaba detrás del mostrador de La Sirena y El Diablo. Pero algo estaba mal. El vestíbulo parecía mucho más largo de lo que debía ser. Las lámparas colgaban demasiado alto. El reloj de pared marcaba las nueve y trece de la mañana. Luego las nueve y trece otra vez. Y otra.
Antonio miró las cámaras de seguridad. Todas funcionaban. Todas mostraban el motel. Excepto una. La cámara número ocho. En ella aparecía una carretera vacía. Antonio frunció el ceño.
—Eso no es nuestro estacionamiento.
La pantalla respondió con estática.
Y entonces apareció un hombre.
Pelicastaño.
Jeans.
Camiseta rota.
Motocicleta.
Antonio lo reconoció.
No porque supiera su nombre.
Sino porque ya lo había visto.
Semanas atrás.
Aquel domingo.
El hombre avanzaba hacia el motel mientras Ajo parecía tocado por algo extraño.
Antonio recordaba aquella mañana. O creía recordarla. Pero ahora el sueño le estaba enseñando algo diferente. Algo que sus ojos despiertos no habían podido registrar.
La puerta principal se abrió. El desconocido entró.
Antonio levantó la mirada.
—No hay vacantes.
El hombre sonrió. Era Ernest. Y le dijo:
—Eso ya me lo dijiste.
Antonio sintió un escalofrío.
—No.
—Sí.
El vestíbulo cambió.
Los sillones desaparecieron.
Las paredes se volvieron espejos.
Y detrás de cada espejo había otra versión del motel.
En uno, la piscina estaba vacía.
En otro, el faro ardía con una luz roja.
En otro, una carretera cruzaba el océano.
Y en uno particularmente oscuro apareció el rostro de Ernest B.
Antonio se acercó. No sabía su nombre tampoco.
El duplicado lo observaba desde el otro lado del cristal.
No parecía agresivo.
Parecía triste.
Levantó una mano.
Antonio hizo lo mismo.
Sus dedos quedaron separados apenas por el vidrio.
Entonces Ernest B susurró:
—No soy él.
Antonio retrocedió.
—¿Entonces quién eres?
El duplicado sonrió.
—La pregunta equivocada.
El espejo se oscureció.
La escena cambió otra vez.
Antonio estaba ahora caminando por Ajo.
Era de noche.
Las calles estaban completamente vacías.
Los escaparates iluminados mostraban imágenes que no podían existir.
En uno vio a Chloe Y.
En otro, a Dirk X.
En otro, a Indra Z.
No estaban haciendo nada.
Simplemente miraban hacia Antonio.
Como si supieran que él estaba allí.
Como si lo estuvieran esperando.
Antonio siguió caminando.
La música de una discoteca llegó desde algún lugar.
Una canción lenta.
Sensual.
Lejana.
El letrero apareció entre la oscuridad:
EROS.
Antonio se detuvo.
—Yo conozco este lugar.
Pero no lo conocía.
No de verdad.
Lo conocía por las historias.
Por aquel domingo que de alguna forma se lo recordaba.
Por el hombre...Ernest... que había salido del faro convertido en algo que Antonio jamás consiguió explicar.
Y entonces recordó las cámaras.
Las imágenes captadas apenas unas horas atrás antes de estos sueños.
El desconocido.
La figura parecida a Ernest.
O quizá a Ernest B.
Caminando por el pasillo.
Sin registro.
Sin habitación.
Sin automóvil.
Como si hubiera aparecido directamente de la grabación.
Antonio sintió que el sueño se cerraba alrededor de él.
—No puede ser el mismo.
Una voz respondió detrás.
—¿Por qué no?
Antonio se giró.
No había nadie.
—Porque lo vi hace semanas.
—¿Y?
—Porque entonces era un hombre... Un turista... ¿O un invitado?
Silencio.
—¿Y ahora? — dijo la voz.
Antonio no respondió.
Porque sabía la respuesta.
Y ahora ya no estaba seguro.
Otra vez cambio el ambiente... El escenario...
El faro apareció.
Antonio estaba dentro.
La arena roja cubría el suelo.
Había espejos apoyados contra las paredes.
En todos ellos aparecía el mismo grupo.
Dirk X.
Chloe Y.
Indra Z.
Adrián YZ.
Ernest B.
Y, detrás de todos, como una figura sentada en un trono que nadie había construido...
Dirk Callahan.
Y Antonio sintió que algo lo observaba desde fuera de los espejos.
No era ninguno de ellos.
Eso era lo peor.
Dirk levantó la cabeza.
—Tú los viste.
Antonio permaneció callado.
—Viste a Ernest antes de saber quién era.
—No sabía quién era.
—Precisamente.
Antonio miró a los cinco duplicados.
Ernest B seguía observándolo.
—¿Y qué quiere?
Dirk sonrió.
—Eso deberías preguntárselo a él.
Antonio volvió la mirada hacia Ernest B.
El duplicado dio un paso.
Los demás no se movieron.
Ernest B apoyó ambas manos sobre el cristal.
—Yo no quiero nada.
Antonio sintió un frío profundo.
—Entonces, ¿por qué estás aquí?
Ernest B inclinó la cabeza.
—Porque alguien tiene que ocupar el lugar que queda vacío.
Detrás de Antonio se escuchó el sonido de una puerta.
Clic.
Antonio se volvió.
Era la puerta del motel.
Pero detrás no estaba La Sirena y El Diablo.
Estaba Infierno Azul.
El letrero parpadeaba.
Una vez.
Dos.
Tres.
Y en cada parpadeo aparecía una imagen distinta:
Mason.
Cristabelle.
Chloe.
Indra.
Adrián.
Dylan.
Cassian.
Zaza.
Y finalmente... una figura humana completamente desconocida.
Antonio dio un paso atrás.
—¿Quién es ese?
Nadie respondió.
El desconocido de la imagen levantó lentamente la cabeza.
Y Antonio comprendió algo que le resultó mucho peor que cualquier monstruo:
Aquello o aquel también estaba soñando con él.
Continuará...
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