Arena Roja: Infierno Azul
Por: Dirk Kelly
Capítulo 45
Algo esperaba pacientemente a que Ramona abriera los ojos... en los sueños.
Y cuando lo hizo, no despertó.
Despertó dentro de una memoria.
El primer detalle que reconoció fue el sonido del mar.
Luego la brisa.
Después aquel olor particular del litoral de Arizona: sal, arena caliente, madera húmeda y el perfume tenue de los hoteles que habían pasado demasiadas noches bajo el sol.
Ramona abrió los ojos.
Estaba en La Sirena y El Diablo.
Pero no era el motel de ahora.
Era el motel de semanas atrás.
Cuando todavía no había tantos huéspedes.
Cuando el faro parecía simplemente un faro.
Cuando los espejos eran solamente espejos.
Ramona estaba sentada en el borde de una cama.
Llevaba un vestido largo de lino claro, el cabello negro cayéndole sobre los hombros y los pies descalzos sobre la alfombra.
Miró alrededor.
Todo estaba exactamente como lo recordaba.
Demasiado exactamente.
—No otra vez... —murmuró.
Sabía que estaba soñando.
Pero el sueño no parecía interesado en que ella lo supiera.
La puerta se encontraba entreabierta.
Desde el pasillo llegaba una luz amarillenta.
Y una voz.
La voz de Chloe.
Ramona salió.
La encontró caminando lentamente hacia la playa, todavía envuelta en aquella bata vintage color crema que había llevado aquella madrugada. La joven parecía perdida en sus pensamientos.
Ramona quiso llamarla.
Pero algo la detuvo.
Porque recordó lo que había ocurrido aquella noche.
Dirk.
El pasillo.
La copa.
Las palabras cuidadosamente escogidas.
La manera en que aquel hombre sabía encontrar exactamente la grieta emocional de cada persona.
Ramona había visto manipuladores antes.
Había conocido hombres encantadores que utilizaban una sonrisa como otros utilizaban un cuchillo.
Pero Dirk era diferente.
Él no intentaba convencerte de algo.
Intentaba conseguir que tú misma llegaras a la conclusión que él quería.
Ramona siguió a Chloe hasta la playa.
Y entonces el sueño cambió.
El amanecer estaba llegando.
Chloe estaba sola frente al océano.
Ramona permaneció a varios metros de distancia.
La observó mirar hacia el horizonte.
Luego hacia el motel.
Luego hacia el faro.
Y entonces Ramona vio algo que en aquel recuerdo original jamás había visto.
Una figura estaba parada junto al agua.
Un hombre.
Rubio.
Inmóvil.
Parecía Dirk Callahan.
Pero demasiado lejos para distinguir claramente su rostro.
Ramona sintió que el estómago se le cerraba.
—No...
La figura levantó lentamente una mano.
No saludaba.
Parecía estar indicando algo.
Ramona miró hacia donde señalaba.
En la arena había huellas.
Pero no eran huellas humanas.
Eran pares de pisadas que comenzaban en el océano y terminaban exactamente delante de Chloe.
Ramona corrió hacia ella.
—¡Chloe!
Chloe se volvió.
Pero no parecía escucharla.
—¡Chloe, aléjate del agua!
Nada.
Ramona aceleró.
Entonces la figura rubia desapareció.
No caminó.
No se ocultó.
Simplemente dejó de estar allí.
Ramona llegó hasta Chloe y la tomó por el brazo.
—¿Lo viste?
Chloe la miró confundida.
—¿Ver qué?
Ramona señaló el mar.
Nada.
Solo las olas.
Pero las huellas continuaban allí.
Una segunda serie apareció lentamente.
Como si alguien invisible estuviera caminando hacia ellas.
Ramona sintió que la piel se le erizaba.
—Él ya estaba aquí —susurró.
—¿Quién?
Ramona no respondió.
Porque en ese instante comprendió que el sueño no le estaba mostrando lo que ella había visto.
Le estaba mostrando lo que había estado demasiado cerca para que pudiera verlo.
El paisaje volvió a cambiar.
Ahora Ramona estaba frente al faro.
La puerta estaba abierta.
Dentro no había nadie.
Subió.
Un escalón.
Otro.
Otro.
Cada vez que miraba hacia abajo, la escalera parecía más larga.
—Esto no tiene gracia —dijo.
Su voz regresó desde arriba.
—Esto no tiene gracia.
Ramona se detuvo.
La segunda voz no era un eco.
Era su propia voz.
Pero más vieja.
Más cansada.
—¿Quién eres?
Silencio.
Luego:
—La que sobrevivió.
Ramona continuó subiendo.
Llegó al último piso.
La habitación estaba vacía.
Excepto por un espejo.
Un espejo de cuerpo entero. Ramona se acercó. Su reflejo estaba allí. Pero llevaba otra ropa. Otro peinado. Otra expresión. Era ella... y no lo era. El reflejo levantó una mano. Ramona no.
—¿Qué quieres? —preguntó.
La otra Ramona sonrió.
—Recordarte algo.
—¿Qué?
—Que Dirk no es el dueño de esto.
Ramona sintió un escalofrío.
—¿Entonces quién?
El reflejo miró hacia un punto detrás de ella.
Ramona se giró.
Nada.
Cuando volvió a mirar el espejo, su reflejo había desaparecido.
Ahora estaba Dirk.
No detrás de ella.
Dentro del espejo.
Vestía oscuro y sostenía una copa.
Pero su expresión no era seductora.
Por primera vez, parecía preocupado.
—Ramona —dijo.
Ella cruzó los brazos.
—¿Qué?
—No confíes en lo que te está diciendo el espejo.
Ramona soltó una carcajada seca.
—¿Ahora tú me das consejos?
Dirk sonrió.
—No. Te doy una advertencia.
—¿Sobre qué?
La sonrisa desapareció.
—Sobre lo que está detrás de mí.
Ramona miró.
Detrás de Dirk no había nadie.
Solo oscuridad.
Entonces dos ojos aparecieron.
No eran verdes.
No eran azules.
No eran humanos.
Dirk retrocedió dentro del espejo.
—No...
La oscuridad avanzó.
Y Ramona vio algo que no había visto nunca en Dirk: miedo auténtico.
El espejo se llenó de grietas.
Ramona retrocedió.
Una voz llegó desde todas partes.
No era la voz de Dirk.
Ni la del Eco.
Ni la de ningún duplicado.
—Tantas versiones...— dijo la voz.
Ramona cerró los ojos.
—No— susurró Ramona.
—Tantas decisiones...
—No.
—Tantas mujeres que pudieron ser otra cosa...
Ramona abrió los ojos.
La playa había regresado.
Chloe estaba allí.
Indra.
Adrián.
Cristabelle.
Colt.
Incluso Dylan y Mason.
Todos de pie frente al océano.
Pero ninguno proyectaba sombra.
Ramona comprendió entonces que no estaba contemplando un recuerdo.
Estaba contemplando posibilidades.
Y entre todas aquellas posibilidades había una que la hizo estremecerse.
Cristabelle.
Su sobrina estaba mirando hacia el mar.
Y junto a ella había otra Cristabelle.
La misma cara.
La misma postura.
La misma sonrisa.
Ramona sintió que el corazón le golpeaba las costillas.
—¡No la toques!— le gritó a la doppelganger de Cristabelle.
La segunda Cristabelle giró lentamente hacia ella.
Sonrió.
Y dijo:
—Yo ya la conozco.
Ramona despertó.
O creyó despertar.
Estaba nuevamente en su habitación de La Sirena y El Diablo.
Colt dormía cerca.
Cristabelle y Antonio también.
El mar sonaba tranquilo.
Ramona respiró.
Una vez.
Dos veces.
Se llevó una mano al pecho.
—Fue un sueño...— se dijo a sí misma.
Pero entonces vio el espejo.
En el cristal, detrás de su reflejo, había una silueta.
Ramona se giró.
No había nadie.
Volvió a mirar.
La silueta seguía allí.
Y comprendió algo que le heló la sangre: aquel sueño no había sido una pesadilla inventada.
Había sido un recuerdo. Un recuerdo de algo que todavía no había ocurrido. Tal vez un presagio.
Y, en algún lugar detrás del espejo, el Observador acababa de aprender el nombre de Ramona Leclair.
Continuará...
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