Arena Roja: Infierno Azul
Por: Dirk Kelly
Capítulo 41
El silencio volvió.
No el silencio vacío.
Sino ese otro, el que parecía contener una respiración inmensa detrás de las paredes.
La habitación del Infierno Azul había recuperado sus proporciones normales.
El corredor ya no parecía interminable.
La puerta número ocho había regresado al lugar donde siempre había estado.
Las sombras obedecían otra vez a la luz.
Al menos... en apariencia.
En el centro de la habitación permanecía el círculo de sangre.
Ya no brillaba.
Su rojo se había oscurecido hasta parecer hierro oxidado sobre la vieja madera del piso.
Y, justo en el centro...
el anillo de Dirk.
Pequeño.
Sobrio.
De plata envejecida.
Con las diminutas inscripciones que ninguno había logrado leer completamente desde que Adrián lo recogiera en aquella incursión a la Dimensión Espejo. Parecía un objeto insignificante, casi vulgar.
Y, sin embargo... nadie quería acercarse.
Todos permanecieron observándolo durante largos segundos.
Como si aquel aro metálico respirara.
Cassian fue el primero en apartar la vista.
—No está haciendo nada...
—Precisamente eso me preocupa —respondió Zaza.
Uno a uno fueron buscando dónde sentarse.
No por comodidad.
Sino porque el cansancio comenzaba a imponerse.
Chloe se dejó caer sobre el borde de la cama.
Su cabello rubio, ligeramente ondulado por la humedad del litoral, caía sobre la chaqueta retro de mezclilla clara que llevaba abierta sobre una camiseta blanca estampada con un viejo grupo británico de los años setenta. Vestía un short de mezclilla deslavado y botas vaqueras color miel cubiertas por una fina capa de arena. Sus ojos claros seguían conservando aquella mezcla de dulzura y nostalgia que parecía pertenecer a otra época, como si hubiese salido de un viejo videoclip entre los años sesenta y noventa.
Instintivamente buscó la mano de Adrián.
Él respondió sin necesidad de mirarla.
Adrián permanecía sentado en el suelo, apoyando la espalda contra la cama. Vestía una sencilla camiseta blanca de algodón, algo arrugada después de la larga noche, pantalones cargo color arena y botas tácticas cubiertas de polvo. Su piel canela resaltaba bajo la tenue iluminación amarillenta de la habitación. El cabello negro caía ligeramente sobre su frente, mientras sus ojos grises permanecían fijos en el anillo. Su musculatura seguía transmitiendo esa mezcla de fuerza contenida y serenidad propia de alguien acostumbrado a sobrevivir antes que a presumir.
Callado.
Como casi siempre.
A su lado se acomodó Indra.
Seguía siendo el eje silencioso del grupo.
Su largo cabello negro caía impecablemente sobre una chaqueta de cuero abierta que cubría un ajustado atuendo completamente negro de inspiración fetichista, ahora complementado por un pantalón oscuro y botas altas. El maquillaje apenas se había corrido después de todo lo vivido, pero eso solo endurecía aún más aquella belleza severa que siempre imponía respeto antes que admiración.
Sus brazos descansaban sobre las rodillas.
No apartaba la mirada del círculo.
Pensaba.
Siempre estaba pensando varios movimientos antes que los demás.
Frente a ellos, Mason permanecía sentado sobre una silla de madera que protestó apenas bajo su peso.
El rubio cenizo parecía iluminado incluso bajo aquella luz cansada.
Su barba cuidadosamente recortada en forma de candado enmarcaba unos labios carnosos que rara vez perdían aquella expresión entre inocente y desafiante.
Llevaba una camiseta deportiva gris de manga corta que apenas lograba disimular el físico trabajado de años de entrenamiento marcial. Los pantalones tácticos oscuros y las botas completaban una apariencia sencilla que contrastaba con la poderosa presencia de su cuerpo. Permanecía relajado, con una pierna cruzada sobre la otra, aunque sus ojos no dejaban de recorrer cada espejo de la habitación.
Como si esperara que alguno respirara.
Dylan eligió sentarse directamente sobre el piso.
Se abrazó las rodillas.
Todavía parecía demasiado joven para todo aquello.
Su sudadera azul oscuro, los jeans gastados y sus tenis blancos llenos de arena le daban el aspecto de cualquier universitario que hubiera tomado la salida equivocada en la carretera.
Miró el anillo.
Luego a Mason.
Y a Dirk sentado en el piso cerca de la puerta.
Luego volvió a bajar la mirada con una tímida sonrisa que nadie comentó.
Cassian permanecía de pie.
Como una estatua antigua.
Su largo abrigo oscuro ocultaba casi todo su escultural cuerpo y su atuendo peculiar debajo, mientras los mechones plateados que comenzaban a mezclarse con su cabello negro le daban un aire imposible de ubicar en una edad concreta. Sus ojos parecían mirar siempre algo situado unos centímetros detrás de la realidad.
A su lado, Zaza apoyó un hombro contra la pared.
La mujer conservaba aquella chispa extravagante y sensual aun con su atuendo sobrio. Su cabello oscuro recogido parcialmente, la chaqueta larga color vino, las botas altas y los discretos collares metálicos hacían pensar más en una arqueóloga o una profesora de historia que en una guardiana de fronteras entre dimensiones.
Solo quienes la conocían sabían que aquella serenidad ocultaba una voluntad capaz de desafiar monstruos.
El viejo diario permanecía cerrado entre sus manos.
Nadie habló durante varios minutos.
Solo el sonido lejano del mar.
Y el tenue zumbido del viejo letrero de neón.
Fue entonces cuando Chloe bostezó.
Pequeño.
Involuntario.
Después lo hizo Dylan.
Inmediatamente Mason.
Luego Dirk.
Zaza levantó lentamente la cabeza. Y se sentó en una silla.
—¿Lo sienten? — dijo Zaza.
Cassian ya lo había notado.
—Sí... No es cansancio. Es otra cosa.
Adrián intentó ponerse de pie.
Las piernas apenas respondieron.
—Como... si alguien... quisiera que dejáramos de resistir— dijo Adrián.
Volvió a caer sentado junto a la cama, sobre la cual Chloe yacía ya.
Indra respiró profundamente.
Su voz sonó extrañamente tranquila.
—No siento miedo. Solo... mucho sueño.
Las luces del techo comenzaron a adquirir un tono cálido.
Casi acogedor.
Como la iluminación de una casa en invierno.
El mar dejó de escucharse.
El viento también.
Todo parecía invitar al descanso.
Uno por uno comenzaron a cerrar los ojos.
Chloe apoyó lentamente la cabeza sobre la almohada de la cama.
Adrián apenas alcanzó a entrelazar sus dedos con los de Indra antes de que el sueño venciera también su voluntad.
Mason intentó mantenerse despierto observando el espejo frente a él.
No pudo.
Su cabeza cayó suavemente hacia un lado.
Dylan ya dormía sentado contra la pared.
Incluso Cassian terminó sentándose lentamente sobre la silla más cercana.
Zaza fue la última en cerrar los ojos.
Cerró con cuidado la bitácora.
La abrazó contra el pecho.
Y dejó escapar una última frase casi inaudible.
—No dejen que los sueños les hagan olvidar quiénes son...
Después... todo quedó inmóvil.
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A varios kilómetros de allí...
La Sirena y El Diablo.
La madrugada continuaba siendo tranquila.
El océano seguía rompiendo con la misma calma.
Los huéspedes dormían.
Las luces del estacionamiento seguían encendidas.
En la habitación de Cristabelle, Antonio acababa de terminar su relato.
Ramona permanecía sentada junto a la ventana.
Colt recargado contra la pared.
Cristabelle seguía observando la toalla que cubría el espejo.
Ninguno de los cuatro dijo una palabra.
Era como si la conversación hubiera agotado algo más que sus fuerzas.
Antonio fue el primero en frotarse los ojos.
—Perdón... No sé qué me pasa...
Ramona también sintió los párpados pesados.
—Yo tampoco...
Colt soltó una pequeña risa.
—Después de estos días... creo que dormir un buen rato sería el mejor premio del mundo.
Cristabelle quiso responder.
Pero el sueño llegó antes que las palabras.
No era un sueño brusco.
Ni impuesto.
Era una calma inmensa.
Profunda.
Como si una mano invisible acariciara lentamente cada pensamiento hasta hacerlo callar.
Antonio terminó dormido en la silla.
Colt recostó la cabeza contra la pared. Y termino sentándose en el piso.
Ramona cerró los ojos sin darse cuenta.
Cristabelle sentada en la cama fue la última en rendirse.
Miró por última vez la toalla sobre el espejo.
Juraría que, debajo de la tela, algo había dejado de empujar.
Sonrió apenas. se acostó totalmente. Y también se quedó dormida.
En ambos moteles...
Al mismo tiempo.
Como si en una misma noche... Alguien hubiera decidido comenzar a hacerlos soñar a todos ellos.
Y, muy lejos de allí, en algún lugar donde no existían relojes ni amaneceres...
Algo esperaba pacientemente a que el primero abriera los ojos.
Continuará...
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