Arena Roja: Infierno Azul - Capítulo 17.


Arena Roja: Infierno Azul

Por: Dirk Kelly


Capítulo 17


Motel Infierno Azul. 10:42 AM.


La brisa salada agitaba las cortinas de las habitaciones que daban al mar. Por primera vez en días, el cielo era impecable, y el sol golpeaba con fuerza sobre la grava caliente del estacionamiento.


Dylan Mercer, que aún no había salido del todo, había dejado preparado café en la recepción y sorbía uno con triple azúcar y canturreaba algo de “Faith” de George Michael mientras barría con poca energía.


Y entonces lo vio llegar.


Un Porsche 911 negro con detalles en cromo, brillante como si acabara de salir del showroom, se detuvo frente a la recepción. El conductor salió con lentitud, estirándose como quien despierta de un largo sueño entre constelaciones.


Mason "Ace" Legrand.


Camisa blanca sin mangas, que apenas cubría su torso de fisicoculturista; jeans gastados, moldeados como si hubieran sido cosidos sobre sus atleticas nalgas y caderas; botas militares. Llevaba gafas oscuras, una barba recortada en estilo candado y su cabello rubio ceniza alborotado con descuido perfecto. Pero lo que de verdad captó la atención de Dylan fue el movimiento hipnótico de sus glúteos redondos y sólidos como piedra bajo los vaqueros mientras bajaba del Porsche y sacaba su equipaje del baúl del carro.


Great ass... —murmuró Dylan—. ¿Ese es un superhéroe o un pecado sobre ruedas?


Ace se quitó las gafas lentamente, dejando ver sus ojos verde grisáceo con una mirada que parecía no saber si quería enamorarte o romperte una costilla.


—¿Hola? —dijo con voz suave y acento vagamente europeo—. ¿Este es Infierno Azul?


—Sí... sí, claro. Soy Dylan. Dylan Mercer. ¿Le puedo ayudar en algo... más?


Mason sonrió, una mueca entre divertida y melancólica.


—Intenté quedarme esta madrugada en La Sirena y El Diablo, pero estaban llenos. Dormí unas horas en mi Porsche, bajo el cielo. No estuvo mal… pero no tengo dónde ducharme. Y creo que me lo merezco.


—Eso es... wow... —Dylan tragó saliva—. Déjeme ver qué hay disponible...


Desde la habitación 5, Chloe Seyfried salió con una camiseta vintage de Nirvana amarrada sobre la cintura y shorts de mezclilla, aún descalza. Indra Mathers, con bata de satén negro, la seguía con el cabello recogido y los ojos delineados. Adrián Barton, como salido de un sueño mojado y oscuro, salió también con su camiseta de red aún pegada al pecho y un pantalón deportivo gris a la cadera.


Todos se detuvieron al ver al nuevo huésped.


Y él también se detuvo al verlos a ellos.


—Vaya —dijo Mason sin dejar de sonreír—. Pensé que era demasiado tarde para encontrar lo interesante.


Chloe, divertida y con una taza blanca de café en mano, lo observó de pies a cabeza.


—¿Y tú eres...?


—Mason. Mason Legrand. Me dicen “Ace”. Soy... bueno, viajero. Artista marcial. A veces actor de anuncios de perfumes caros. Ustedes parecen... demasiado guapos para estar en un motel con nombre infernal.


Indra soltó una carcajada. Adrián frunció apenas los labios. Sus ojos grises escanearon con cuidado a Ace. El cuerpo. El porte. El aire de amenaza sensual. Y sintió un escalofrío de competencia sexual inmediata.


—¿Te gusta el peligro? —preguntó Chloe, con su tono más dulce y felino.


—Solo si me invita a quedarme para el desayuno —respondió él, guiñándole un ojo.


Desde la recepción, Dylan se tropezó con la escoba.


Momentos después esa misma mañana, en la habitación 11 en las habitaciones de arriba...


La cortina mal cerrada dejaba entrar una franja de luz turquesa que partía la habitación en dos. Afuera, el estacionamiento del Infierno Azul parecía detenido en una postal barata: un par de autos inmóviles, el mar demasiado quieto, el aire cargado de sal y algo más… algo metálico.


Cassian observaba desde la ventana con los brazos cruzados. Su silueta, rígida y oscura, contrastaba con el desorden sensual de la habitación: ropa tirada sobre la silla, una botella de tequila a medio vaciar, ceniceros llenos. Él no había dormido. No del todo.


Abajo, junto a la piscina, el hombre... Mason, caminaba descalzo. Lento. Como si midiera el terreno con cada paso. No miraba a nadie, pero todos parecían girar alrededor de él sin saber por qué. Indra se tocó el cuello. Dylan dejó caer las llaves de una bodega de materiales a la que se dirigía. El aire vibró apenas.


Zaza estaba sentada sobre la cama, con una pierna doblada bajo el cuerpo y la otra colgando, desnuda salvo por una camisa abierta que no era suya. Observaba a Cassian… y luego al hombre…a Mason y luego otra vez a Cassian. Sonreía como quien acaba de entender un chiste peligroso.


Se levantó sin apuro, tomó un papel del buró y escribió con su letra inclinada, nerviosa, casi infantil. Caminó hacia él y le deslizó la nota entre los dedos, rozándole la mano un segundo más de lo necesario.


“Este no es un humano común.”

 

Cassian no la miró de inmediato. Siguió observando al hombre como si pudiera atravesarlo con los ojos.


—¿Lo ves también, verdad? —dijo Zaza, apoyándose contra su espalda. Su voz era suave, pero había una electricidad baja, insistente.


—Sí —respondió Cassian al fin—. Ese hombre… trae algo más consigo. Algo que el Eco podría desear… o temer.


Zaza rió por lo bajo. Se acercó más. Demasiado.


—¿Y tú qué sientes? —preguntó—. Porque yo siento como si alguien me estuviera tocando desde adentro.


Cassian se tensó apenas. No retrocedió, pero tampoco se volvió. Sabía que Zaza estaba jugando con fuego. Y sabía que ella lo sabía.


—Eso no es deseo —dijo, seco—. Es invitación.


Zaza deslizó un dedo por el borde de su propio cuello, lenta, provocadora, mirándolo reflejado en el vidrio.


—A veces no hay diferencia —susurró—. A veces el cuerpo entiende antes que la cabeza.


Abajo, el hombre, Mason, se detuvo. Alzó la vista. No directamente hacia la habitación… pero lo suficientemente cerca como para que Zaza contuviera la respiración.


Cassian dio un paso atrás, rompiendo el contacto.


—No te acerques a él —dijo—. Sea lo que sea, no vino solo. Y no vino por curiosidad.


Zaza sonrió, ahora ya húmeda, inquieta, con ese brillo peligroso en los ojos.


—Entonces ¿vino por nosotros?


El neón parpadeó. Una vez. Dos.


Y durante un segundo incómodo, Cassian tuvo la certeza de que el hombre, Mason, ya los había visto, aunque no los estuviera mirando.


El Eco había despertado algo.


Y Zaza… lo estaba disfrutando demasiado


Continuará...





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