Arena Roja: Infierno Azul - Capítulo 43.




Arena Roja: Infierno Azul

Por: Dirk Kelly


Capítulo 43



Algo o  alguien seguía esperando.

Algo

Pero ahora ya no observaba únicamente los sueños.


Comenzaba a caminar dentro de ellos.


La siguiente en abrir los ojos dentro de su sueño fue Chloe Seyfried.


Pero no despertó. Simplemente... ya estaba allí.


El motor del Mustang crema vibraba con ese ronroneo familiar que tantas veces la había tranquilizado. Sobre la carrocería seguían pegadas las calcomanías de Fleetwood Mac, The Beatles, The Rolling StonesThe Doors, Black SabbathCrosby, Stills, Nash & Young, junto a los viejos escudos de Yale, Princeton y Columbia que había ido coleccionando durante años por puro romanticismo universitario.


La carretera desaparecía poco a poco bajo una niebla espesa.


Delante de ella avanzaba la Ducatti negra.


Adrián.


Siempre unos metros por delante.


Siempre marcando el camino.


El rugido grave de la motocicleta se mezclaba con el silbido del viento entre los pinos.


Todo era exactamente igual.


Y, sin embargo... todo parecía distinto.


Chloe sujetó el volante con fuerza.


Reconocía perfectamente aquella noche.


Habían dejado atrás el motel.


Indra había desaparecido. Secuestrada.


Y ella jamás había sentido tanto miedo.


Pero el miedo no era el único pasajero.


Había algo más.


Una determinación silenciosa.


Recordaba perfectamente lo que sentía entonces.


Pensaba en Indra.


En su risa desafiante.


En su cabello negro moviéndose bajo el sol del desierto de Arizona.


En aquella fuerza que parecía convertir cualquier habitación en territorio suyo.


No podía soportar imaginarla sola. Cautiva. O atada.


Ni asustada.


Mucho menos en manos de Dirk.


Después pensó en Adrián. La silueta del motociclista recortándose entre la niebla le transmitía exactamente la misma calma que aquella noche.


Nunca había sido un hombre de muchas palabras.


Pero había algo profundamente tranquilizador en verlo conducir delante de ella.


Como si pudiera abrir camino incluso dentro del miedo.


Las ramas comenzaron a cerrarse sobre la carretera.


Los árboles parecían inclinarse unos hacia otros.


El bosque respiraba.


No había otra explicación.


Las copas se mecían aunque no existía viento.


Los troncos crujían como huesos antiguos.


Y, de vez en cuando... algo corría entre los matorrales.


Demasiado grande para ser un ciervo.


Demasiado silencioso para ser un oso.


La radio del Mustang comenzó a emitir interferencias.


Chloe no la había encendido.


Entre el ruido blanco creyó escuchar una canción antigua.


Después... risas. Muy lejanas. Como si procedieran del interior del bosque.


Las apagó. O creyó hacerlo. Porque la radio siguió sonando.


La Ducati redujo velocidad.


Adrián levantó una mano indicándole que lo siguiera.


Tomaron un sendero apenas visible entre los árboles.


Entonces apareció.


La cabaña.


Aislada.


Negra.


Cubierta de musgo.


Parecía llevar siglos esperando aquella visita.


El sueño continuaba reproduciendo cada detalle.


Los pasos.


El olor a gasolina del viejo generador de electricidad.


Un búho ululando.


La humedad.


Las fotografías clavadas en las paredes.


Los símbolos grabados sobre la madera.


La vela consumiéndose lentamente junto al retrato quemado de Indra adolescente.


Chloe sintió un escalofrío.


Todo era exactamente igual.


Incluso recordaba el momento en que encontró aquella prenda íntima olvidada sobre el suelo.


El cigarro consumiéndose lentamente.


Las risas apagadas de Dirk.


La voz apenas audible de Indra llegando desde el sótano.


—Es ella... —escuchó decirse a sí misma.


Recordaba haber pronunciado exactamente esas palabras.


Bajaron.


La escalera volvió a crujir.


Cada peldaño parecía protestar bajo su peso.


El aire era más frío.


Más espeso.


El mismo olor metálico.


El mismo silencio.


Y luego... el grito del bosque.


No humano.


Jamás humano.


El árbol desplomándose detrás de la cabaña.


Las cadenas.


La emboscada de Dirk.


Su rugido de psicópata.


El machete.


Todo ocurrió exactamente como lo recordaba.


Adrián esquivando el golpe.


Ella levantando un grueso tronco ennegrecido por el fuego.


Indra liberándose.


El enfrentamiento.


La violencia desesperada.


Los golpes hacía Dirk.


Los gritos.


La respiración entrecortada.


Hasta que llegó el instante final.


Dirk cayó.


Adrián descargó el último golpe... Matándolo.


Silencio.


El mismo silencio que Chloe había recordado durante semanas.


Pero entonces... el sueño dejó de obedecer al recuerdo.


Adrián no se movió.


Indra tampoco.


Ambos permanecieron inmóviles.


Como figuras detenidas dentro de una fotografía.


El bosque entero dejó de emitir sonido.


Ni insectos.


Ni viento.


Ni hojas.


Nada.


Chloe sintió que algo estaba mal.


Muy mal.


Quiso correr hacia ellos.


Su cuerpo no respondió.


Solo pudo girar lentamente la cabeza.


Dirk seguía tendido sobre el suelo del sótano.


Inerte.


Con el rostro parcialmente oculto entre las sombras.


Durante un largo segundo... no ocurrió nada.


Después... sus párpados comenzaron a abrirse.


Despacio.


Como si jamás hubieran estado cerrados.


Sus ojos.


Aquellos ojos azul claro.


No mostraban rabia.


Ni locura.


Ni siquiera dolor.


Solo una calma inquietante.


La misma calma con la que la había observado semanas después en La Sirena y El Diablo, cuando intentó sembrar dudas entre ella, Adrián e Indra.


La misma expresión que había sentido recientemente dentro de Infierno Azul, cuando el vínculo mental entre ambos apareció durante unos instantes.


Dirk sonrió.


No una sonrisa amplia.


Solo una ligera curva en los labios.


Como quien descubre que una partida apenas comienza.


Y sostuvo la mirada de Chloe.


Directamente.


Sin parpadear.


Ella sintió un estremecimiento recorrerle la espalda.


No.


Aquello jamás ocurrió.


Ella nunca vio abrir los ojos a Dirk.


Nunca.


Entonces... ¿por qué podía recordarlo ahora?


La sonrisa permanecía.


Pero había algo todavía peor.


Dirk... no estaba mirando solo a Chloe.


Miraba ligeramente por encima de su hombro.


Como si ambos compartieran a un mismo espectador.


Chloe sintió entonces una presencia.


No era el Eco del Bosque.


Aquella presencia tenía una textura distinta a la del Eco.


Más antigua.


Más paciente.


No emanaba de la cabaña.


Ni del sótano.


Ni siquiera del bosque.


Parecía venir... de todas partes.


Como si cada tabla de madera, cada árbol, cada sombra y cada rincón del sueño fueran un único ojo inmenso contemplándola.


Quiso girarse aún así.


Descubrir de todas formas quién estaba detrás de ella.


Pero una intuición primitiva la detuvo.


Si veía su rostro... algo cambiaría para siempre.


El bosque comenzó a oscurecerse.


La sonrisa de Dirk fue lo último en desaparecer.


Y, antes de que el sueño se deshiciera por completo, Chloe comprendió algo que la acompañaría incluso al despertar.


Aquello no había sido un simple sueño de un recuerdo.


Había sido una visita.


Y alguien... al otro lado de todos los recuerdos... acababa de comprobar que ella también podía sentir su mirada.


Continuará...




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