Arena Roja: Infierno Azul - Capítulo 42.




Arena Roja: Infierno Azul

Por: Dirk Kelly


Capítulo 42




Algo esperaba pacientemente a que el primero abriera los ojos... en los sueños.


No tenía rostro.


No tenía voz.


No tenía forma.


Y, sin embargo, parecía recorrer uno por uno los pensamientos de quienes dormían aquella madrugada, como un visitante que conociera de memoria todas las habitaciones de una casa abandonada.


Fue Cristabelle Leclair la primera en despertar pero dentro de su sueño.


La primera en creer que había despertado.


La oscuridad olía a madera vieja.


A café recién hecho.


A desierto después del calor.


Abrió lentamente los ojos.


Durante unos segundos creyó encontrarse nuevamente en su habitación de La Sirena y El Diablo.


Pero no.


Las cortinas eran distintas.


El techo era más bajo.


La lámpara proyectaba aquella luz amarillenta que solo tenían los viejos moteles de carretera.


Reconoció el lugar incluso antes de incorporarse.


El Malibu Desert Inn.


Aquel motel perdido entre carreteras de Arizona.


Semanas atrás.


Mucho antes de que el Infierno Azul revelara su verdadero rostro.


Respiró hondo.


Todo resultaba demasiado real.


El viejo aire acondicionado vibraba con su característico zumbido metálico.


Desde el exterior llegaba el rumor lejano de algún camión atravesando la autopista.


Incluso podía distinguir el perfume amaderado del champú que Mason había usado aquella noche.


Giró la cabeza.


Allí estaba él.


Mason.


Dormía profundamente sobre la otra mitad de la cama.


La tenue claridad azulada de la madrugada perfilaba el contorno de su rostro sereno. El cabello rubio cenizo caía desordenado sobre la almohada y la respiración pausada hacía subir y bajar lentamente el pecho bajo una sencilla camiseta oscura.


Parecía completamente ajeno al mundo.


Cristabelle sonrió sin darse cuenta.


Aquella escena le transmitía una tranquilidad que ya casi había olvidado.


Recordó el largo viaje.


Las bromas en el Porsche de Mason.


La promesa de llegar temprano al litoral.


Y aquella parada improvisada porque ambos estaban demasiado cansados para seguir conduciendo.


Todo parecía exactamente igual.


Hasta que escuchó el sonido.


Un murmullo apagado.


Procedente de la habitación contigua.


Sonrió divertida.


—Claro... susurró Cómo olvidarlo.


Aquella noche apenas habían conseguido dormir poco despues de la medianoche.


Del otro lado de la pared llegaban risas, voces entrecortadas y la intensa complicidad de tres personas enamoradas y haciendo el amor entre los tres que ignoraban por completo la existencia de quienes ocupaban la habitación vecina.


Cristabelle recordó perfectamente cómo había rodado los ojos con divertida resignación.


Y también aquella frase que había pronunciado despues entre risas mientras Mason apenas lograba contener la carcajada.


"—Te juro que si algún día me despierto escuchando algo así... más vale que sea contigo... o voy a poner celoso hasta al Diablo."


Los dos habían terminado riéndose.


Era un recuerdo cálido.


Ligero.


Casi doméstico.


Sin embargo... algo era distinto.


Mucho más distinto de lo que recordaba.


Frunció el ceño.


Se incorporó lentamente para no despertar a Mason.


Descalza, caminó hasta la ventana.


Las cortinas semitransparentes se mecían apenas.


Sujetó la tela con dos dedos.


La levantó apenas unos centímetros.


Y miró hacia el estacionamiento.


Todo seguía igual.


Los viejos faroles.


Las líneas amarillas del pavimento.


El Porsche.


El luminoso de neón.


MALIBU DESERT INN


El letrero neon más abajo que decía "Vacantes".


Piscina.


Aire acondicionado.


Pero... en una esquina del estacionamiento... junto al letrero... había alguien.


Un hombre alto. Inmóvil. Vestido con una camisa clara que el viento apenas agitaba. No miraba al motel. Miraba únicamente la ventana de la habitación contiga a la de Cristabelle y Mason, ocupada por Adrián, Chloe e Indra.


Cristabelle sintió un escalofrío.


No. Eso... eso no ocurrió.


Ella habría recordado una figura así.


Entrecerró los ojos.


El hombre dio apenas medio paso.


La luz del neón iluminó parcialmente su rostro.


Cabello rubío claro.


Mandíbula afilada.


Aquellos ojos verdes imposibles de olvidar.


Dirk Callahan.


No llevaba armas visibles.


No hacía ningún movimiento.


Simplemente... observaba.


Con la paciencia de quien llevaba horas esperando.


Cristabelle retrocedió un paso.


Su respiración comenzó a acelerarse.


—No...susurró. —Tú no estabas allí...


O, al menos... ella jamás lo había recordado.


Volvió a mirar hacia la cama.


Mason seguía dormido.


Tan tranquilo como antes.


Como si no existiera ningún peligro.


Entonces comprendió algo todavía más inquietante.


Aquello no era exactamente un recuerdo.


Los recuerdos nunca añadían detalles nuevos.


Los sueños sí.


Y las visiones... también.


Volvió la vista hacia el estacionamiento.


Dirk ya no estaba junto al letrero.


Ahora caminaba lentamente hacia la habitación del trío.


Sin prisa.


Como si supiera exactamente lo que iba a ocurrir unas horas después.


El secuestro de Indra.


Como si el tiempo... no avanzara. Solo se repitiera.


Cristabelle dio un paso hacia la puerta.


Quiso correr.


Advertirlos.


Golpear aquella habitación antes de que todo ocurriera.


Pero su mano jamás llegó al picaporte.


La habitación comenzó a oscurecerse.


No desde las paredes.


Desde los reflejos.


El espejo del tocador.


La pantalla apagada del televisor.


El cristal de la ventana.


Todos adquirieron un brillo líquido.


Como si otra habitación idéntica estuviera apareciendo detrás de ellos.


Y, por un brevísimo instante... Cristabelle tuvo la absoluta certeza de que alguien más contemplaba la escena.


No era Dirk.


No era Mason.


No era ninguno de los presentes aquella noche en aquel viejo motel de carretera.


Era otra presencia.


Inmóvil.


Paciente.


Como un espectador sentado en la última fila de un teatro donde la obra llevaba siglos representándose.


No intervenía.


No hablaba.


Solo observaba.


Y cuando Cristabelle intentó descubrir su rostro... el sueño comenzó a deshacerse lentamente, como arena arrastrada por la marea.


Al despertar recordaría una única sensación.


No la de haber soñado.


Sino la de haber regresado durante unos minutos a una noche que realmente había existido... aunque ahora contenía una pieza que antes faltaba.


Y esa diferencia bastaba para hacer temer que alguien, desde el otro lado del espejo, estuviera reescribiendo o mostrando el verdadero pasado mientras todos dormían en la "realidad" durante esa peculiar madrugada.


Continuará...







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