Arena Roja: Infierno Azul - Capítulo 33.




Arena Roja: Infierno Azul

Por: Dirk Kelly


Capítulo 33


De vuelta en La Sirena y El Diablo...

 

El estruendo de la puerta al chocar contra la pared fue opacado por un sonido mucho más perturbador: un siseo eléctrico que parecía emanar de las mismas paredes.

 

Colt entró primero, con la mano instintivamente en la cintura, buscando un arma que no llevaba. Detrás, Ramona, con el rostro pálido y los ojos fijos en la cama.

 

—¡Cris! —gritó Colt.

 

Cristabelle no estaba simplemente acostada. Estaba arqueada sobre el colchón, con los dedos clavados en las sábanas de tal forma que las costuras empezaban a ceder. Su cuerpo vibraba con una frecuencia antinatural, y el aire alrededor de ella se había vuelto denso, con un penetrante olor a ozono y salitre.

 

—No te acerques —advirtió Ramona, sujetando a Colt por el brazo—. Mira el espejo.

 

Colt desvió la vista. El espejo sobre la cómoda de madera no reflejaba la habitación. Estaba cubierto por una capa de escarcha grisácea, una condensación que no era agua, sino polvo fino. En el centro del vidrio, una silueta se movía. No era el reflejo de Cristabelle; era una sombra que caminaba por un pasillo azulado, estirando una mano hacia un hombre que Colt reconoció de inmediato: Mason.

 

—Está ocurriendo otra vez —susurró Cristabelle, con la voz rota, superpuesta por un susurro que sonaba a hojas secas—. Él... él la está dejando entrar.

 

—¿A quién? —preguntó Colt, dando un paso al frente a pesar de la advertencia.

 

En ese instante, Cristabelle abrió los ojos. No eran sus ojos. Por un segundo, sus pupilas desaparecieron, reemplazadas por un vacío opaco, el mismo que Ramona había visto alguna vez en la la cabaña del norte.

 

—A la que nunca se fue —respondió Cristabelle, y su voz no salió de su garganta, sino del espejo empañado.

 

De repente, el vidrio se agrietó. No se rompió en pedazos, sino que una sola fisura vertical cruzó el marco de bronce. Un hilo de vapor oscuro brotó de la grieta, serpenteando hacia el pecho de Cristabelle.

 

Ramona reaccionó rápido. Agarró una toalla húmeda y la lanzó sobre el espejo, cubriéndolo.

 

El efecto fue inmediato. Cristabelle cayó pesadamente sobre la cama, recuperando el aliento en espasmos violentos. La vibración cesó. El olor a sal desapareció, reemplazado por el aroma familiar a café y tabaco de Ramona.

 

Colt se arrodilló junto a ella, tomándole el pulso. Estaba helada.

 

—¿Qué fue eso? —preguntó él, mirando la toalla que cubría el espejo. Bajo la tela, algo seguía empujando suavemente, como si alguien intentara salir desde el otro lado del vidrio.

 

Ramona no respondió. Solo miró hacia el horizonte, a través de la ventana, en dirección al Infierno Azul.

 

—El reemplazo —dijo al fin—. La carretera por fin alcanzó al motel.


---


El espejo en el cuarto en Indierno Azul terminó de abrirse.


No explotó.


Se desgarró en silencio.


La duplicada de Cristabelle dio el primer paso fuera del vidrio como si la gravedad de este mundo no le perteneciera del todo. Sus pies tocaron el suelo del Infierno Azul y la madera crujió con un sonido enfermo, como si rechazara ese peso.


Detrás de ella, más siluetas comenzaban a perfilarse.


Sombras con rostro.


Rostros con intenciones.


—Retrocedan —ordenó Adrián.


Indra ya tenía el arma firme.


Chloe no temblaba.


Mason avanzó.


La duplicada lo miró con una ternura que no era humana.


—Te esperé en la carretera —dijo con voz doble—. Kilómetro tras kilómetro.


Mason sintió el tirón en el pecho otra vez. No era deseo. No era nostalgia.


Era un reconocimiento de vínculo incompleto.


—Tú no eres ella —respondió Mason "Ace".


La duplicada sonrió.


—Soy la que no huyó.


Se movió con una velocidad antinatural.


Adrián reaccionó primero. El cuchillo cortó el aire y alcanzó el brazo de la entidad. La hoja atravesó carne… pero no como debería. No hubo sangre inmediata. Hubo una especie de líquido oscuro, más espeso, que tardó en brotar.


La duplicada gritó.


Y esta vez el grito sí fue humano.


El motel vibró violentamente.


Desde el espejo, otra figura intentó salir.


Indra disparó.


El impacto lanzó a la duplicada contra la pared. Esta vez sí hubo sangre. Roja. Real.


—Pueden sangrar —dijo Indra entre dientes.


—Pero no mueren igual —respondió Cassian.


La duplicada se levantó con un movimiento torcido, el hombro mal acomodado. Sonrió de nuevo, aunque el gesto estaba desfasado.


Mason la golpeó con el antebrazo, directo al rostro. El impacto fue sólido. La criatura retrocedió.


Y entonces hizo algo que nadie esperaba.


No atacó.


Se lanzó hacia el espejo abierto.


Y lo atravesó de regreso.


El vidrio se cerró de golpe.


Silencio.


Solo el sonido de respiraciones agitadas.


En el suelo, una mancha oscura comenzaba a evaporarse.


Pero no toda.


Una línea delgada de sangre real quedó marcando la madera.


Alguien podía salir intacto.


Pero no el mundo.


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El pasado...


Otro tiempo.


Otro borde.


No era el desierto.


No era el litoral.


Era una estación de tren suspendida entre dos auroras. El cielo no tenía sol ni luna. Solo fracturas de luz.


Cassian vestía un abrigo largo, negro, sin edad. Zaza estaba a su lado, con el mismo libro de cuero que ahora descansaba en el lobby del Infierno Azul.


Frente a ellos, un niño idéntico a otro niño lloraba.


Uno respiraba.


El otro no.


—No podemos salvar a ambos —dijo Zaza.


—Nunca podemos —respondió Cassian.


El duplicado comenzó a desdibujarse, pero en lugar de desaparecer, intentó aferrarse al suelo de esa realidad intermedia.


—El borde no es una puerta —dijo Cassian con calma de alma antigua—. Es una decisión.


Zaza cerró el libro.


El duplicado fue absorbido por una grieta luminosa que no parecía violenta, pero sí definitiva.


—Un día —murmuró Zaza— el borde no querrá cerrarse.


Cassian la miró.


—Entonces habrá un ancla… o un sacrificio.


La estación se disolvió como polvo de estrellas.


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El presente...


En el Infierno Azul, Cassian abrió los ojos.


—Ya cruzaron con materia estable —dijo—. Sangran. Se sostienen. Aprenden.


Zaza miró la mancha en el suelo.


—Y prueban límites.


Dirk interrumpió, aplaudiendo lentamente.


—Bravo —dijo—. Primer round interesante.


Adrián giró hacia él.


—Esto no fue idea tuya.


Dirk sonrió.


—No completamente.


El neón del motel estalló en chispas azules.


Desde los espejos del pasillo comenzaron a aparecer reflejos que no correspondían a nadie presente enfrente de ellos.


Uno de Mason.


Uno de Indra.


Uno de Chloe.


Todos observando.


El Eco habló, ahora con claridad múltiple:


—Uno sangró.


—Ahora… uno se quedará.


Y la línea de sangre en el suelo comenzó a moverse.


No hacia el espejo.


Hacia el centro del lobby.


Formando un círculo.


El borde estaba marcando territorio.


Y esta vez, alguien podría no regresar del otro lado si se metía en él...



Continuará...







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