Arena Roja: Infierno Azul - Capítulo 32.




Arena Roja: Infierno Azul

Por: Dirk Kelly


Capítulo 32



El silencio en la habitación era espeso.


El Infierno Azul vibraba apenas, como si esperara una palabra específica para reacomodarse alrededor de ella.


Chloe seguía de pie entre Adrián e Indra. La luz azul del neón entraba por la ventana y delineaba su figura con una suavidad casi sobrenatural. Su respiración ya no era temblorosa. Era clara.


Dirk la observaba con esa media sonrisa peligrosa, demasiado satisfecho.


Eso fue lo que la convenció.


No el Eco. No el miedo.


La sonrisa de Dirk.


—No —dijo.


Una sola palabra.


El motel crujió.


Dirk no perdió la sonrisa.


—Piénsalo bien.


—Ya lo hice —respondió Chloe—. Si quedarme te beneficia, entonces no es la solución.
—Y si no te beneficia… no estarías tan tranquilo.


Un destello cruzó los ojos de Dirk. Apenas un segundo. Suficiente.


Cassian inclinó levemente la cabeza.


—Interesante.


Indra apretó la mano de Chloe.


—¿Qué ganas tú si ella se queda?


Dirk suspiró, teatral.


—Subestiman mi altruismo dimensional.


Mason soltó una risa seca.


—Nunca fuiste altruista.


El Eco murmuró entonces. No como presión, sino como disonancia. El sonido del mar mezclado con viento entre pinos, pero esta vez alterado, como si dos frecuencias estuvieran compitiendo.


Zaza frunció el ceño.


—No es uno solo... el sonido ahora... —dijo Zaza.


Cassian asintió lentamente.


—El del litoral… y el del bosque— dijo Cassian.


Dirk dejó de sonreír.


Por primera vez en toda la noche, su postura cambió.


El aire se volvió más frío.


Y entonces ocurrió la irrupción.


El espejo de cuerpo entero en ese cuarto no se agrietó.


Se abrió.


No como puerta.


Como herida.


De él emergió una figura femenina cubierta de polvo y sal. Su piel parecía recordar el bosque, pero su cabello estaba húmedo como si acabara de salir del mar.


Era Cristabelle.


Pero no.


Era la Cristabelle que había huido de la cabaña del norte.


La que había tomado la carretera hacia Prescott.


Sus ojos estaban vacíos. No muertos. Vacíos.


—Ella salió… —dijo con voz doble, superpuesta, refiriéndose a Cristabelle— …pero yo nunca me fui.


Chloe dio un paso atrás.


Indra levantó el arma.


Adrián se interpuso.


Dirk observó la escena con atención nueva.


—Ah… —murmuró—. Esto no estaba en mi guión.


La duplicada avanzó un paso.


El motel vibró violentamente. Las luces explotaron en el pasillo. Las sombras se adelantaron un segundo completo respecto a sus dueños.


Mason sintió el golpe en el pecho como si alguien hubiera tirado de un hilo invisible que lo conectaba a kilómetros de distancia.


En La Sirena y El Diablo, la verdadera Cristabelle se dobló sobre la cama, jadeando.


—No… —susurró—. No eres yo.


Colt y Ramona corrieron hacia su habitación...


De vuelta en el Infierno Azul, la duplicada inclinó la cabeza.


—El Eco no necesita ancla —dijo—. Necesita reemplazo.


Silencio.


Eso era lo que Dirk no había dicho.


Chloe no debía quedarse para estabilizar el portal. Debía quedarse para que alguien más cruzara sin fricción.


Dirk dio un paso atrás. No por miedo.


Por cálculo.


—Bueno —murmuró—. Esto se puso interesante.


Indra entendió antes que nadie.


—Si Chloe se quedaba… tú, o alguien ... o algo... cruzaban completos.


La sonrisa regresó, más fina.


—Tal vez.


El Eco rugió.


Ya no murmullo. Ya no había negociación.


La duplicada de Cristabelle extendió la mano hacia Mason.


No para tocarlo.


Para reclamarlo.


Y el espejo detrás de ella comenzó a mostrar más siluetas.


Más duplicados.


No solo de Cristabelle. De todos.


La decisión de Chloe ya no importaba.


El portal había decidido avanzar sin consentimiento.



Continuará...





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