Arena Roja: Infierno Azul
Por: Dirk Kelly
Capítulo 30
La misma noche... Medianoche...
El primer intento de expulsión no nació del miedo.
Nació de Adrián.
No gritó. No rezó. No miró a Cassian ni a Zaza buscando instrucciones. Simplemente avanzó, se colocó entre Indra y el reflejo que aún vibraba en el aire… y recordó quién era antes del Eco.
La carretera. El polvo. La noche interminable.
—No te pertenecen —dijo, con voz baja, firme—. Ni a ella. Ni a nadie.
El Eco respondió con un cambio en la luz. Las paredes del Infierno Azul se curvaron apenas, como si el motel respirara hondo. Las sombras se estiraron… pero no atacaron.
Indra cayó de rodillas.
No débil sino resistente.
Sentía el Eco dentro, buscando anclarse. No como violencia, sino como tentación: fuerza, certeza, abandono del conflicto. Indra apretó los dientes, sudor recorriéndole la espalda.
—No —susurró—. Yo elijo arder, no reflejarme.
Algo se rompió.
No un espejo. Un vínculo.
El Eco fue expulsado de ella como una marea retirada a la fuerza.
El aire tembló y, con él, las telas que cubrían su cuerpo se disolvieron, como si nunca hubieran sido materia sino una intención de ello. Indra quedó de pie, desnuda, sudorosa, respirando con violencia… no avergonzada, sino real.
Su cuerpo no era una invitación. Era una declaración de guerra.
Al mismo tiempo, en otra habitación, Mason golpeó el espejo con la palma abierta.
—¡No me hables con su voz! —rugió.
El reflejo intentó sonreír.
Mason no.
Cerró los ojos y pensó en Cristabelle. No en su cuerpo. En su presencia. En la calma compartida. En el silencio que no exigía nada.
—No soy un umbral —dijo—. Soy un límite.
El espejo se apagó.
La presión desapareció de golpe y Mason cayó contra la pared, respirando con dificultad. La expulsión fue igual de violenta: la ropa se evaporó como humo caliente, dejándolo desnudo, cubierto de sudor, el pecho subiendo y bajando con control marcial.
No había erotismo en él y en ella.
Había pureza brutal.
Cassian observó en silencio.
—Han rechazado el precio —murmuró.
Zaza añadió:
—Y el Eco no perdona eso.
Entonces…
La puerta de la habitación de Indra se abrió de golpe.
Dirk entró empujándola.
Semidesnudo, botas y tanga de cuero marcando cada paso, la piel pálida tensa de excitación contenida y furia espiritual. Sus ojos verdes brillaban como vidrio mojado.
Se detuvo al verla.
Indra. De pie. Intacta. Libre.
—Hermosa… —susurró—. Así es como te quiere el Eco. Sin capas. Sin defensas.
Ella levantó el mentón.
—Y aun así… no me tuvo.
La sonrisa de Dirk se tensó.
—Todavía no —respondió—. El Eco ya habló.
Adrián apareció en el marco de la puerta, cuchillo en mano.
—¿Qué quiere? —preguntó.
Dirk giró lentamente.
—No cuerpos —dijo—. No sexo. No sangre.
Se acercó al espejo de la habitación y apoyó la palma en el vidrio.
—Quiere que uno de ustedes se quede. — dijo —No como reflejo... Como un ancla.
El motel Infierno Azul crujió.
A kilómetros de ahí, Cristabelle se incorporó en la cama, con el corazón acelerado.
—Mason… —susurró.
El Eco había hecho su oferta.
Y esta vez… no pedía duplicados.
Pedía permanencia.
Continuará...

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