Arena Roja: Infierno Azul
Por: Dirk Kelly
Capítulo 29
La réplica de Indra no avanzó.
No atacó.
Solo… miró.
Y en esa mirada había algo peor que la violencia: reconocimiento.
La verdadera Indra apretó el arma, pero su pulso falló un segundo.
—No le disparen —dijo Cassian de inmediato—. No todavía.
Adrián no bajó el cuchillo.
—¿Por qué mierda no?
Cassian dio un paso al frente, lento, calculado.
—Porque no es una copia fallida… —susurró—. Es una versión retenida.
El viento sopló más fuerte. La figura de arena y sal inclinó la cabeza, imitando el gesto exacto de Indra… pero con un retraso mínimo, antinatural.
Zaza observaba fascinada, con una media sonrisa peligrosa.
—No está aquí para reemplazarla —dijo—. Está aquí porque no pudo irse con nosotros.
Chloe tragó saliva.
—¿Qué significa eso?
La criatura respondió por ellos.
No con palabras esta vez.
Sino con un gesto.
Levantó la mano… y la apoyó sobre su propio pecho.
En el mismo punto donde Indra, sin darse cuenta, sintió un latido irregular.
Un eco.
Un tirón.
Como si algo dentro de ella respondiera desde lejos.
Indra jadeó.
—Yo… yo la siento.
Dirk sonrió desde donde estaba, cerca del faro, como un director satisfecho.
—Claro que la sientes —le gritó a Indra—. No es tu reflejo… es tu excedente.
Silencio.
—Cuando cruzaste junto con tus amigos de vuelta de la Dimensión Espejo —continuó—, no pasaste completa —Nadie lo hace.
La réplica dio un paso atrás.
La arena bajo sus pies no se hundió.
Se abrió.
Como si la playa la reclamara.
—Tú saliste… —repitió la réplica, el Doppelganger de Indra, con esa voz doble—…pero yo me quedé donde el Eco aprendió tu forma.
Indra bajó el arma, apenas.
—¿Qué quieres?
La réplica sonrió.
Y por un segundo… fue idéntica en su sonrisa.
Perfecta.
Hermosa.
Peligrosamente viva.
—Quiero… —susurró—…sentir lo que tú elegiste.
Y entonces ocurrió.
No un ataque... como en el primer encuentro hace semanas.
No una explosión.
Sino algo mucho más sutil.
La réplica se deshizo.
No como arena.
No como humo.
Sino como reflejo roto en agua.
Se onduló… se fragmentó… y luego fue absorbida por la oscuridad húmeda de la playa, desapareciendo sin dejar rastro físico.
Pero no se fue.
No del todo.
Indra cayó de rodillas.
Adrián la sostuvo.
—¿Qué te hizo?
Ella negó, jadeando.
—Nada… —susurró— Pero creo que entró.
Cassian cerró los ojos.
—No completamente.
Zaza sonrió, inquieta.
—Pero ya probó.
Detrás de ellos, Dirk se relamió los labios lentamente.
—Ahora sí… empieza lo interesante— dijo el rubio, el psicópata irlandés, como le decía Ramona.
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El Infierno Azul ya no fingía normalidad.
El motel respiraba distinto. No era un sonido: era una sensación, como si las paredes hubieran aprendido a escuchar y el suelo a recordar. Las luces del pasillo se encendían antes de que alguien las tocara. Las puertas se cerraban con cuidado… como si alguien más estuviera siendo considerado.
Chloe fue la primera en notarlo.
Estaba frente al espejo del baño, ajustándose la chaqueta, cuando su reflejo no siguió el gesto. La Chloe del vidrio inclinó la cabeza, con esa dulzura que siempre la acompañaba, pero sus ojos… eran más oscuros.
—No —susurró Chloe—. No hoy.
El reflejo levantó la mano.
Chloe no.
Y aun así, los dedos del espejo tocaron el vidrio desde adentro.
Un contacto leve. Cariñoso. Invasivo.
En la habitación contigua, Indra se llevó la mano al pecho, jadeando. No de dolor. De reconocimiento. Algo dentro de ella respondía al llamado del Eco como un músculo antiguo que no recordaba haber entrenado.
—Está entrando más—dijo, con la mandíbula tensa—. Pero no a la fuerza.
Cassian cerró los ojos.
—La primera posesión nunca es completa. Es un acuerdo breve. Un “déjame probar”.
Zaza añadió, grave:
—El reflejo actúa primero. El cuerpo decide después.
Y entonces, Dirk apareció.
No caminó hacia ellos. Ya estaba allí, apoyado contra el marco del pasillo como si siempre hubiera pertenecido a ese lugar. Semidesnudo, botas de cuero, aun con esa tanga de sadomasoquista, la piel pálida tensada por una expectativa lasciva que no se molestaba en ocultar.
—No se asusten —dijo con una sonrisa lenta—. Esto es intimidad dimensional.
Indra levantó el arma. Chloe apretó el bate. Adrián dio un paso adelante.
Dirk ni los miró.
Luego sus ojos estaban fijos en Indra, Adrian… y luego en Chloe.
—El Eco no quiere cuerpos —continuó—. Quiere decisiones. Ustedes tres… —sonrió— …son una anomalía preciosa.
La sombra de Dirk se movió antes que él. Tocó el suelo. Rozó el tobillo de Indra. Subió por la pared y se detuvo detrás de Chloe, abrazando su silueta sin tocarla.
—Pueden seguir deseándose —susurró—. O pueden liberarse del reflejo… y perder lo que los hace únicos.
En ese instante, Mason en su habitación, se llevó la mano al pecho.
No estaba frente a un espejo.
Pero sentía una presión conocida. Un pulso que no era suyo.
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A kilómetros de allí, en La Sirena y El Diablo, Cristabelle despertó sobresaltada.
El televisor estaba apagado. El cuarto en calma. Ramona y Colt dormían en habitaciones cercanas. Todo estaba bien.
Y aun así…
Se levantó y caminó hasta la ventana.
En el reflejo del vidrio, por un segundo, vio otra Cristabelle.
Descalza. Cubierta de polvo del bosque. Con los mismos ojos vacíos que había visto en la cabaña del norte. La cabaña de Dirk.
El recuerdo la golpeó: aquella noche, la huida, los duplicados con su rostro, la sensación de que una de ellas no había regresado... Luego esa sensacion extralña afuera de la otra cabaña a la que no entró, la de Los Carpenter...
...El duplicado de la carretera. El que iba rumbo a Prescott.
Cristabelle tragó saliva.
Porque ahora entendía.
No había seguido la carretera.
Había seguido al Eco.
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De vuelta en el Infierno Azul, Cassian habló con voz baja:
—Los duplicados del bosque no murieron en el fuego. Aprendieron a viajar.
Zaza asintió.
—El de Cristabelle eligió el asfalto. Los demás… esperan.
Dirk abrió los brazos, teatral.
—El espejo ya no copia —dijo—. Selecciona.
La luz del motel parpadeó.
Y por primera vez, un reflejo salió caminando del vidrio sin romperlo.
La posesión había comenzado.
Y la elección… ya no podía posponerse.
Continuará...
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