Arena Roja: Infierno Azul
Por: Dirk Kelly
Capítulo 28
El primer contacto no fue violento.
Fue íntimo.
En el Infierno Azul, la madrugada se había vuelto espesa, como si el aire se negara a circular. El neón del pasillo parpadeaba con un ritmo irregular, demasiado parecido a una respiración cansada. Nadie dormía del todo. Nadie podía.
Mason estaba solo frente al espejo de su habitación.
No lo hacía por vanidad.
Nunca había sido eso.
Había aprendido —en gimnasios baratos, en moteles de carretera, en dojos improvisados— que los espejos eran útiles para corregir posturas, medir simetrías, detectar fallas. Pero esta vez… no estaba entrenando.
—No me mires así —murmuró.
Su reflejo no obedeció.
La imagen de Mason tardó un segundo de más en replicar el movimiento de su cabeza. Luego sonrió. No la sonrisa segura que él usaba frente a los demás, sino algo más suave… más curioso.
—Ya no preguntas —susurró el reflejo de Mason, con una voz que no salió del vidrio, sino de dentro de su pecho—. Ahora escuchas.
Mason dio un paso atrás.
El reflejo dio dos hacia adelante.
Y entonces ocurrió.
Una mano emergió del espejo.
No rompió el vidrio.
No lo atravesó como agua.
Simplemente estuvo ahí, apoyándose sobre su clavícula, tibia, real.
Mason contuvo la respiración. No tanto por miedo si no por expectación.
La mano apretó apenas. Como comprobando que él existía.
En el pasillo, Dylan se detuvo en seco.
—¿Alguien… me tocó? —preguntó, nervioso, mirando a su alrededor.
No había nadie.
Pero su reflejo en el vidrio de la máquina de refrescos no parpadeó cuando él lo hizo.
—No, no, no… —rió, incómodo—. Esto ya es otro nivel.
Desde el lobby, Zaza levantó la cabeza.
—Ya empezó —dijo.
Cassian no preguntó qué.
Lo sintió.
El motel se acomodó. Como si algo antiguo hubiera encontrado por fin la posición correcta para entrar.
Y entonces, desde afuera…
Un grito.
No vino del pasillo.
No vino de ninguna habitación.
Vino de la playa.
No era humano. O no del todo.
Adrián se levantó de un salto, cuchillo y linterna en mano. Indra lo siguió, arma firme. Chloe, temblorosa pero decidida, empuñó el bate metálico.
Los demás salieron tras ellos. Excepto Mason que en su cuarto seguía con su reflejo.
Dirk ya no estaba.
El grito aullaba como algo arrancado de otra dimensión.
Cuando llegaron a la duna, la vieron...
...Otra vez, igual que más de un mes antes...
Una figura femenina, desnuda, empapada, cubierta de arena y algas.
Indra.
—¿Qué…? —susurró la verdadera Indra, helada— Tú otra vez...
La figura levantó la cabeza.
Su rostro era una versión distorsionada de ella misma. Los mismos rasgos… pero mal colocados. Como si alguien los hubiera recordado de memoria.
La criatura habló con una voz hueca, arrastrada por dos ecos distintos:
—Tú saliste… pero yo nunca me fui.
El viento cambió de dirección.
Y detrás de ellos, sobre la cabaña del faro, iluminado por la luna…
Dirk reapareció.
Semidesnudo, botas de cuero, aun con la tanga de cuero, el cuerpo marcado por una tensión lasciva que parecía alimentarse del miedo ajeno. Sonreía como quien observa una obra largamente ensayada.
—El Eco aprende rápido —dijo Dirk—. A veces suena a mar... A veces… a bosque.
El Eco se manifestó entonces.
No como una forma sólida, sino como una presión. Un murmullo que no venía de un solo lugar. La arena vibró. Las sombras se adelantaron a los cuerpos. Los reflejos, incluso al aire libre, comenzaron a repetir gestos que nadie hacía.
Cassian habló sin levantar la voz:
—No es solo el Eco del litoral. Ni solo es el de los bosques del norte.
Zaza añadió:
—Es el mismo que aprendió a cambiar de piel.
Mientras tanto en el espejo de la habitación de Mason, el reflejo retiró lentamente la mano.
—Ya sabes —le dijo el reflejo—. Cuando nos mires… responderemos.
El vidrio volvió a ser vidrio.
Pero Mason sabía la verdad.
El Eco había cruzado.
Y esta vez… no vino solo a observar.
Continuará...

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