Arena Roja: Infierno Azul - Capítulo 26.

 




Arena Roja: Infierno Azul

Por: Dirk Kelly


Capítulo 26



Al día siguiente...


La noche había caído sobre el litoral de Arizona con esa frialdad engañosa que solo el desierto conoce: un frío que no refresca, sino que vigila.


El Motel Infierno Azul parecía suspendido fuera del tiempo. El neón azul parpadeaba con un zumbido irregular, como si el edificio respirara a su propio ritmo. El letrero medio roto lanzaba sombras torcidas sobre el estacionamiento vacío. Los pocos huéspedes que habían llegado esa semana ya no estaban. Se habían ido sin despedirse. Sin explicación.


Ahora, el motel era solo para ellos:


Mason. Chloe. Indra. Adrián. Dylan. Cassian. Zaza.


Reunidos en el lobby, bajo una luz amarillenta que hacía que los rostros parecieran ligeramente ajenos, como reflejos mal calibrados. El aire olía a polvo viejo, sal marina y electricidad estática.


El reproductor de Chloe —una rareza híbrida que aceptaba CD, cassette, USB y Bluetooth— escupía un sonido metálico, envolvente, casi ritual.


Fear of the Dark – Iron Maiden.


Pero lo inquietante no era la canción.


Era la emisora.


Indra fue la primera en fruncir el ceño.


—Esa frecuencia… —murmuró—. Adrián, ¿la oyes?


Él asintió lentamente.


Radio Bestia
— la emisora de nuestro amigo Giovanni, en El Salvador.


Ambos la conocían bien. Una estación online, que emitía desde El Salvador, una estación un tanto marginal, llena de rock pesado, doom, industrial, heavy... y locutores que hablaban como si supieran de todo. 


Pero ninguno de sus teléfonos celulares estaba conectado al pequeño reproductor múltiple.


Chloe tomó el suyo. Pantalla negra.


Sin señal.


Sin datos.


Sin apps abiertas.


El reproductor seguía sonando.


—Eso no es Bluetooth —dijo Dylan, nervioso, forzando una risa—. Eso es… otra cosa.


Cassian y Zaza no dijeron nada al principio.


Se miraron.


Ese tipo de mirada que no necesita palabras.


Zaza se movió primero. Dejó su chaqueta sobre una silla y sacó un libro encuadernado en cuero oscuro, gastado en los bordes, con símbolos grabados que parecían deslizarse bajo la luz, como si no quisieran ser observados demasiado tiempo.


Cassian lo colocó en la mesa del lobby.


El golpe sonó más fuerte de lo esperado.


La música bajó de volumen… sola.


Cassian abrió el libro y comenzó a leer con una voz grave, precisa, sin dramatismo. Eso lo hacía peor.


Los duplicados no nacen. Se reflejan.
Son ecos de una dimensión que no debería existir.
La Dimensión Espejo.


El aire pareció densificarse.


Allí los rostros se multiplican.
Las intenciones se distorsionan.
La identidad se convierte en sombra.


Zaza continuó, sin mirarlos.


—Dirk Callahan no creó nada. Solo abrió una grieta.


—El Eco del Bosque hizo el resto.


—Juntos moldearon duplicados… entidades que no imitan.


Reemplazan.


Chloe sintió un escalofrío recorrerle la espalda.


—Entonces… —dijo, sacando una foto vieja, sepia, quebradiza, aquella que Zaza mostró hacia muchas semanas— ¿qué es esto?


La colocó sobre la mesa.


Silencio.


En la imagen aparecían tres figuras frente a un edificio antiguo.


Dirk. Adrián. Indra.


Más jóvenes.


Vestidos de otra época.


Demasiado parecidos para ser coincidencia.


—Eso es imposible —susurró Adrián, con el estómago cerrándosele—. Yo no estuve ahí.


—Pero algo como tú sí —dijo Cassian, cerrando el libro con suavidad—. No todos los reflejos son copias.


—Algunos son originales que se perdieron en el tránsito.


—Otros… versiones que nunca debieron existir.


La radio crujió.


La canción cambió sin transición.


Una voz grave, distorsionada, habló entre estática:


“No todos cruzan…
pero el umbral siempre recuerda.”

 

El neón del lobby parpadeó.


Y en ese mismo instante, a kilómetros de distancia, en el Motel La Sirena y El Diablo, Cristabelle se estremeció.


Estaba sola en su habitación.


La smart TV reproducía un viejo episodio de La Dimensión Desconocida: Mirror Image.


Millicent Barnes.


La estación de autobuses.


El doble.


Cristabelle sintió un nudo en el pecho.


Pensó en la cabaña del norte.


En los duplicados.


En los gestos mal sincronizados.


En Mason.


Tomó su celular y le marcó.


Nada.


Silencio absoluto.


Se acercó a la ventana.


El desierto parecía demasiado oscuro, como si la noche hubiera avanzado más rápido allí.


Pensó en Infierno Azul.


En los espejos.


En la radio del lobby.


Y entonces lo vio.


En el reflejo del vidrio.


Una figura detrás de ella.


Idéntica.


Inmóvil.


Sonriendo, a diferencia de ella.


Cristabelle no gritó.


Solo susurró, con la voz quebrada:


—…Ya empezó.


Continuará...




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