Arena Roja: Infierno Azul - Capítulo 25.

 



Arena Roja: Infierno Azul

Por: Dirk Kelly


Capítulo 25


Infierno Azul. Esa madrugada. 2:33 a.m.


La noche era densa, húmeda, y la brisa marina parecía traer murmullos que no pertenecían al viento. Mason no dormía. Estaba sentado en la cama, el torso desnudo, con el reflejo de la lámpara oscilando sobre su piel como si la luz respirara.


Frente a él, el espejo ovalado de su habitación.


Antiguo, con marco de hierro ennegrecido y filigranas que parecían moverse cuando uno no miraba directamente.


—Cristabelle… —susurró sin saber por qué.

El vidrio tembló. No mucho, apenas un parpadeo. Pero lo suficiente.


Mason se levantó y se acercó. Cada paso hizo crujir el suelo de madera vieja.


Su reflejo parecía no seguirlo del todo. Los movimientos no eran precisos, como si su otro yo respirara con un segundo de retraso.


Y entonces lo oyó.


Una voz femenina, apenas un eco:


—¿Ace…?

 

El aire se volvió pesado.


El reflejo cambió.


Allí estaba Cristabelle.


No en carne, sino en silueta y bruma. Su rostro emergía del espejo como si estuviera sumergido en agua. La luz del cuarto se reflejaba en sus mejillas, y sus labios se movían con un temblor de emoción reprimida.


—Te sentí —dijo ella—. En el mar, en el suelo, en cada maldita célula de mi cuerpo.


—Yo también —respondió Mason, con la voz rasposa—. No era sueño. No era recuerdo. Fue real, Cris.


Su reflejo sonrió, apenas.


—No debí dejarte entrar otra vez. Este lugar… te va a devorar.


Él apoyó la palma contra el vidrio, y del otro lado, la de ella hizo lo mismo.
No hubo contacto físico, pero ambos sintieron la descarga.
Una corriente caliente, viva, que los conectó como si compartieran la misma sangre.


El espejo empezó a empañarse desde adentro.


Cristabelle habló rápido, con urgencia:



—Hay algo en Infierno Azul. El mismo pulso que sentí aquella noche en La Sirena y El Diablo… pero multiplicado.



—Lo sé. —Mason cerró los ojos—. Y también sé quién lo despertó.



—¿Dirk?



—No. —abrió los ojos, su mirada encendida—. Él fue solo el catalizador. Esta vez… el fuego está dentro de todos nosotros.


El reflejo se estremeció. Una sombra cruzó el fondo del vidrio, detrás de Cristabelle.


Una figura alta, indistinta.


Algo que no pertenecía a ninguno de los dos.


Ella lo notó y su expresión cambió.


—No estás solo ahí.

El espejo tembló violentamente.


Mason retrocedió.


El marco chirrió como si algo quisiera salir.


Y por un instante, su reflejo no fue él… sino otra versión de sí mismo, con los ojos vacíos y una sonrisa inhumana.


Cristabelle gritó desde el otro lado:


—¡Mason! ¡Aléjate del espejo!


El vidrio se quebró parcialmente, dejando una fisura vertical por la que emanó un hilo de vapor oscuro.


Mason cayó de rodillas, respirando agitado, la frente perlada de sudor.


Cuando levantó la vista, el espejo había vuelto a ser solo eso: un espejo.


Pero el reflejo… sonreía.


Y no era él quien lo hacía.


---


A cientos de kilómetros, en La Sirena y El Diablo, Cristabelle se revolvía en su cama. Luego despertó... Pensando en Mason.


Mason permaneció de pie frente al espejo roto, respirando con dificultad.


En el aire, el olor a sal y a hierro se mezclaban.


Sobre el marco, una palabra apareció escrita en condensación:


"Infierno Azul"

 

Mason susurró, con la voz quebrada pero firme:


—Entonces… ya empezó.


Y detrás de él, en la oscuridad del cuarto, una risa baja —profunda, inhumana— comenzó a escucharse.


Continuará...


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