Arena Roja: Infierno Azul
Por: Dirk Kelly
Capítulo 24
Esa misma tarde, más tarde...
El sol comenzaba a caer tras el acantilado, filtrando su luz dorada a través de los ventanales del Infierno Azul. La penumbra se mezclaba con un azul profundo que teñía las paredes y el aire mismo; era una calma engañosa, un respiro que parecía temblar antes de romperse.
Chloe, Indra y Adrián estaban juntos en la terraza. Ninguno hablaba por largo rato. Las olas golpeaban abajo con un ritmo casi hipnótico.
—No lo soñamos, ¿verdad? —preguntó Chloe finalmente, con la voz baja—. Todo lo que pasó allá abajo hace días… en esa "dimensión" … la grieta, el eco, el anillo.
Adrián apretó la mandíbula, observando el horizonte.
—No. Y no fue solo la grieta —respondió con tono grave—. Algo… vino con nosotros.
Indra, sentada sobre la baranda, jugaba con el anillo entre los dedos.
—No sé si vino… o si siempre ha estado. —Lo dijo sin mirar a nadie, como si hablara con el mar.
Cassian apareció en la terraza acompañado de Zaza. Él, con su habitual compostura de predicador arrepentido; ella, con su andar lento, sensual, el cabello negro cayéndole sobre los hombros. Traían en la mirada algo que los demás reconocieron de inmediato: miedo contenido.
—El aire cambió —dijo Cassian, encendiendo un cigarrillo sin permiso—. Desde esta semana… desde que llegó el rubio musculoso.
Zaza cruzó los brazos.
—Pero lo que él trae no es miedo. Es deseo. Pero del tipo equivocado — dijo.
Indra arqueó una ceja.
—¿Equivocado?
—El que te quema, no el que te enciende —respondió Zaza, sin apartar la vista de Adrián—. Hay un hilo invisible atando a ese hombre a este lugar. O tal vez a todos nosotros.
Cassian añadió, exhalando el humo lentamente:
—Mason “Ace” Legrand. Ese tipo no llegó. Fue traído.
Y por un segundo, todos sintieron un estremecimiento, como si las luces del local titilaran en sincronía con sus corazones.
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Esa noche, el Infierno Azul respiraba distinto. La música sonaba más lenta. El calor del litoral se mezclaba con un aire húmedo, espeso, que olía a electricidad.
Mason estaba en el pasillo del segundo piso, con una toalla colgando del cuello. Acababa de ducharse. La piel, todavía húmeda, brillaba como mármol bajo la luz tenue. Caminó hacia su habitación, pero antes de llegar, una puerta se abrió.
—¿No puedes dormir tampoco? —era la voz de Zaza.
Él se detuvo, sonriendo apenas.
—Supongo que no. Demasiada energía en este lugar.
Ella se apoyó en el marco, en bata negra, el cabello recogido con un clip.
—Energía. Sí. Esa es una forma de decirlo. —Lo miró de arriba abajo—. Tienes algo… antiguo. No hablo de tu cuerpo.
Mason sonrió de lado, acercándose.
—Y tú hablas como alguien que ha visto cosas que el resto finge no ver.
—No solo las vi. Las sentí —susurró Zaza, rozando su pecho con un dedo—. Y lo que hay en ti… late igual que en este hotel. Algo está despertando.
Hubo un segundo donde el aire se detuvo. Los ojos de ella se encontraron con los de él, y la tensión entre ambos no era carnal, sino vibrante, eléctrica.
Pero Mason se apartó primero, como si un pensamiento lo hubiera atravesado.
—No puedo —dijo, más para sí mismo—. No esta vez.
Zaza sonrió, sin ofenderse.
—Entonces… no era a mí a quien sentiste.
—No —susurró él—. Era a ella.
Y Zaza supo que hablaba de su mujer. Aunque aún no sabía su nombre: Cristabelle.
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A kilómetros de distancia, La Sirena y El Diablo estaba en calma. Cristabelle limpiaba la barra mientras Colt y Ramona contaban el dinero de la caja. La brisa del mar entraba suave, pero ella se detuvo de repente.
Dejó caer el trapo.
Se llevó la mano al pecho.
—Cris, ¿todo bien? —preguntó Colt.
Ella respiró hondo.
—No lo sé… sentí algo. Como si alguien me hubiera tocado desde muy lejos.
Ramona la observó, curiosa.
—¿El ciclista europeo de las nalgas de acero? ¿Ese algo?
Cristabelle sonrió apenas, pero sus ojos estaban nublados.
—No. Esto fue… fuego.
—¿Fuego? —repitió Colt.
—Sí. Pero no de afuera. De adentro.
Cristabelle miró por la ventana hacia el horizonte oscuro. En su reflejo, por un segundo, creyó ver un destello.
Una figura alta. Masculina. De pie frente a un espejo.
Mason.
Y aunque estaban a kilómetros de distancia, ambos se tocaron la mente, el alma o el recuerdo —nadie podría explicarlo—.
El viento hizo temblar las cortinas del bar.
Cristabelle cerró los ojos.
—Él está de vuelta —susurró.
Y lejos, en Infierno Azul, Mason se incorporó en la cama al mismo tiempo.
Como si ambos hubieran despertado del mismo sueño.
Continuará...
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