Arena Roja: Infierno Azul
Por: Dirk Kelly
Capítulo 23
La puerta de la habitación 4, la habitación de Dylan, se cerró detrás de Mason “Ace” Legrand con un clic amortiguado.
Sus pies descalzos sobre el azulejo caliente no hacían ruido. Pero el eco de lo no dicho —el deseo no consumado, la tensión que todavía palpitaba en el aire— lo seguía como un segundo cuerpo.
Zaza no le dijo adiós.
Dylan no pudo articular palabra.
Mason se detuvo frente a la baranda del segundo piso. Desde ahí podía ver el patio interno, con su piscina llena de agua pero vacía de gente y los mosaicos azules que ya no brillaban como antes. Respiró hondo, se pasó una mano por el pecho desnudo… y caminó hacia su habitación.
En el camino, se cruzó con Chloe.
—¿Problemas en el paraíso? —preguntó ella con media sonrisa, su blusa de encaje vintage amarrada a la cintura y gafas de sol de los 90’s.
—¿Cuál paraíso? —respondió Mason, deteniéndose.
—El Infierno Azul, querido. Aquí nadie entra sin perder un poco de piel.
—Solo entré a buscar el espejo de cuerpo entero —dijo él, sin parpadear.
Chloe lo miró un segundo más, casi con compasión, y se alejó bailando al ritmo de algo que solo ella escuchaba.
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Habitación 14. La habitacion de Mason "Ace".
"Misma cama sin hacer. Mismo espejo antiguo, enmarcado en bronce. Mismo aire con olor a humedad... y algo más", pensó para sí mismo.
Mason cerró la puerta. Esta vez, con llave.
Se quitó los pantalones deportivos y quedó solo con un bóxer gris oscuro que parecía tallado en su piel.
Frente al espejo, se observó.
El cuerpo perfecto. Los músculos delineados con precisión quirúrgica. La espalda ancha. Los glúteos redondos y duros como grandes bolas de mármol.
Pero lo que Mason veía... no era eso.
Era la grieta detrás de sus ojos.
Se acercó más. El reflejo en el espejo imitaba sus movimientos, sí… pero no sus emociones. No su respiración. No su alma.
—Tú no eres yo —dijo, en voz baja.
El espejo no respondió. Pero la superficie se onduló como agua espesa.
Y ahí, entre las sombras plateadas, vio el hotel de carretera otra vez en sus recuerdos. Varias semanas atrás. En algún lugar de Arizona. Al borde de la noche en el motel donde Dirk secuestró a Indra.
Mason y Cristabelle, en una habitación sencilla. El Porsche afuera, estacionado. Una bolsa de viaje abierta sobre la cama.
Y de la habitación contigua…los gemidos.
De placer. De clímax.
De tres personas, no dos.
En la mañana, el escándalo:
Una mujer secuestrada. Voces de desesperación. Una pareja llamando a la policía.
Sus nombres... los que ahora conocían: Adrián. Chloe. Indra.
Y junto a él, esa mañana en la misma cama, sonriendo y maquillándose frente al espejo: Cristabelle.
Con su cabello alborotado. Su camisón rosado.
Y esa frase inolvidable:
—Te juro que si algún día me despierto escuchando gemidos así, más vale que sea contigo… o voy a poner celoso hasta al Diablo.
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Mason volvió al presente, sudando.
El espejo, ahora, ya no lo reflejaba.
En su lugar, el vidrio mostraba a Cristabelle, tal como la vio esa mañana del secuestro, pero con la diferencia de que ahora estaba de espaldas, desnuda, y caminando hacia el borde de un precipicio con el mar nocturno rugiendo debajo.
—¡Cris...! —susurró él, tocando el vidrio.
La imagen se rompió en mil cristales brillantes.
Pero solo en su mente.
En la realidad, el espejo seguía intacto. Frío. Inmóvil.
Y su reflejo, el de él… le guiñó el ojo.
Mason dio un paso atrás. Respiró hondo. Se agachó, agarró su camiseta del suelo… y se la puso como si se estuviera armando para una pelea.
Desde el otro lado del espejo, alguien más se estaba vistiendo igual que él.
Y no era una copia.
Era algo… mucho peor.
Continuará...

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