Arena Roja: Infierno Azul
Por: Dirk Kelly
Capítulo 19
Desierto de Arizona, semanas atrás. Medianoche.
Una fogata pequeña ardía bajo las estrellas.
Indra y Chloe, solas, aún no habían conocido a Adrián. La brisa del desierto les mecía el cabello. Indra, con una camiseta blanca sin mangas y jeans ajustados, se recostaba sobre una manta mientras bebía cerveza directa de la botella. Chloe, en short de mezclilla y camiseta de Nirvana anudada sobre el ombligo, hojeaba una vieja revista de moda de los noventa bajo la linterna del celular.
—¿Por qué viniste conmigo? —preguntó Indra, sin mirarla.
—Porque nunca nadie me dijo “ven” tan segura como tú —respondió Chloe, sonriendo. Y luego, más bajo—: Porque creí que eras alguien capaz de romperme el corazón… y tenía ganas de amar de esa forma, arriesgandome a ello.
Indra la miró. El fuego bailaba en sus ojos.
—Prometo no romperlo. Solo… hacerlo más fuerte.
Y se besaron, ahí, en medio del silencio ancestral del desierto. Un beso en la boca con promesas, con heridas, con electricidad.
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Arizona, Ruta 66, una semana antes de conocer a Chloe e Indra.
Un motel barato, una noche sin destino. Adrián había dormido solo en su Ducati aquella vez, bajo el cielo estrellado de Winslow. A su lado, una biblia rota. En el aire, un viejo disco de Los Fabulosos Cadillacs sonando en un viejo estéreo: “Siguiendo la luna no llegaré lejos…”
En el motel cercano, una pareja discutía a gritos. Un hombre golpeaba la puerta. Adrián observaba, sin intervenir.
Hasta que lo hizo.
Caminó, abrió la puerta de la pareja, golpeó al hombre y lo dejó tirado. Luego regresó a su moto sin decir nada. Nadie lo aplaudió. Nadie lo vio.
Pero esa noche, al dormir, soñó con una chica rubia vestida de rosa y una pelinegra con ojos de tormenta.
Cuando las conoció, supo que no era coincidencia.
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Infierno Azul – 1:10 p.m. despues del brunch.
El sol se había alzado con pereza, bañando el motel con un resplandor dorado casi cinematográfico. Aquel brunch fue como un respiro entre tormentas: café negro, frutas frescas, pan tostado, omelettes cargados y licor escondido en mimosas en vasos de jugo de naranja. Conversaciones entre risas tensas, miradas cruzadas y silencios que pesaban como humo de cigarro en un cuarto cerrado.
Chloe Seyfried, aún con su vestido amarillo mostaza con flores rojas y gafas, jugueteaba con una cereza entre los labios. Miraba a Indra Mathers con esa ternura que solo reservaba para ella… y a veces para Adrián Barton, cuando creía que él no la veía.
Adrián, con la camiseta blanca de algodón suelto y pantalones cargo aún con arena pegada a sus botas, limpiaba su motocicleta con una devoción casi religiosa. De cuando en cuando levantaba la vista hacia Chloe e Indra, como si esperara que desaparecieran.
Zaza y Cassian intercambiaban frases en un idioma antiguo, de esos que no suenan humano. Algo había cambiado con lo que vieron y vivieron desde que Ramona y Colt los llamaron cuando el trío y Dirk aparecieron en La Sirena y El Diablo.
—La cabaña no se quemó —dijo Cassian en voz baja—. Y en el reflejo en La Dimensión Espejo... vi algo que no era yo, pero sabía que era yo. Entiendes lo que eso significa, ¿verdad?
Zaza asintió. No sonrió. No respiró. Solo lo miró.
—El límite se ha debilitado. Y si se rompe, no seremos nosotros los que decidamos qué cruza.
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Un par de horas despues. En el cuarto 5, Adrián finalmente colgó la toalla con la que secaba su moto y entró. Chloe estaba sobre la cama, leyendo un viejo Cosmopolitan que encontró en la recepción del motel. Indra estaba de pie frente al espejo, vestida ahora con un top de red negro y pantalones cortos de cuero que parecían un homenaje al club más exclusivo del infierno.
—Tenemos que decidir qué hacemos con el anillo de Dirk —dijo Adrián.
—¿Y si no lo decidimos? ¿Y si lo dejamos donde nadie más lo encuentre? —sugirió Chloe, sin alzar la vista del artículo sobre “los mejores secretos del placer entre parejas y threesomes”.
—Ya fue hallado —respondió Indra con dureza—. Ahora nos pertenece… o nosotros le pertenecemos a él.
Un silencio.
Y entonces, un leve zumbido.
El espejo vibró. Apenas un temblor. Pero los tres lo sintieron.
Indra se acercó al cristal y lo tocó. La superficie onduló como agua negra. Al otro lado… un pasillo sin fin. Y en el fondo de ese pasillo, la silueta de Dirk Callahan, casi desnudo, caminando hacia ellos con una expresión de éxtasis y algo más… algo peor.
—No es una ilusión —dijo Chloe, tragando saliva.
—Es una invitación —añadió Adrián.
Mientras tanto, en la piscina del motel, Cassian y Zaza hablaban con Dylan Mercer.
—¿Qué son ustedes exactamente? —preguntó Dylan, abanicándose con un sombrero de vaquero que nadie sabía de dónde había sacado.
Cassian levantó una ceja.
—Guardianes.
—¿De qué?
Zaza lo miró con esa media sonrisa cargada de ironía, sex appeal y lástima.
—De ustedes— dijo.
Continuará...

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