Arena Roja: Infierno Azul
Por: Dirk Kelly
Capítulo 16
Misma mañana. 9:00 A.M. - La Sirena y El Diablo
Cristabelle
Leclair acomodaba cojines en la recepción mientras Ramona y Colt se servían té
helado. El ventilador giraba con ritmo constante. Afuera, las olas rompían con
ese sonido sereno de un litoral que había conocido el infierno... y
sobrevivido.
Antonio,
el ayudante, llegó con una charola de frutas y quesos.
—Díganme
si no soy la única que siente que por fin... esta playa respira mejor —dijo
Cristabelle, estirándose en el sofá de mimbre.
—Sin
entes, sin reflejos raros, sin maldiciones ni luces rojas parpadeando a las
tres de la mañana —agregó Ramona—. Lo juro, esta paz me da miedo.
—Yo solo
tengo miedo de que vuelva Dirk... o peor, que El Eco del bosque se instale en el minibar
—bromeó Colt, haciendo reír a los tres.
Cristabelle
suspiró.
—¿Y
vieron al tipo de esta mañana como a las 5 a.m.? El tal Mason… Ese europeo con cuerpo de estatua
griega, acento de anuncio de perfume de lujo y nalgas redondas de acero... ¡puro oro!
Lástima que no pudo quedarse. No había ni una habitación disponible.
—Tal vez
vuelva —murmuró Antonio.
—Espero
que lo haga —sonrió Cristabelle—. Porque si Ramona no le da habitación, yo le
doy mi cama.
Todos rieron. Pero al fondo, la radio estilo retro con USB, Bluetooth además de reproductor de cassette y CD que sonaba en el lobby cambió de estación por sí sola. Un fragmento de una canción antigua emergió como un susurro:
"Love me two times, babe..."
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9:50 A.M. - Infierno Azul - Habitación 5
El cielo se puso nublado, la luz de
neón aun entraba a pulsos por la persiana mal cerrada, bañando la habitación con un
azul eléctrico que hacía parecer irreal la piel desnuda, los pliegues de las
sábanas, el vapor lento del deseo que aún flotaba en el aire. Afuera, el océano
sonaba distante, como si perteneciera a otra dimensión.
En la
habitación 5 del Infierno Azul, Chloe, Indra y Adrián
compartían una calma rara, tensa, ganada con el cuerpo.
Chloe
dormía con la cabeza apoyada sobre el pecho de Indra. Respiraba lento, con esa
confianza que solo llega cuando el mundo parece —por unas horas— no querer
cobrar su deuda. Indra fumaba en silencio, completamente desnuda bajo una
sábana de raso negro, el cigarro encendido como un pequeño faro personal.
Adrián
estaba sentado en la silla del rincón. Solo llevaba puesta una camiseta de malla negra, pegada a su piel morena como
una segunda epidermis tejida de sudor y memoria. Los codos sobre las rodillas.
Las manos entrelazadas. Mirándolas.
No
sonreía.
El espejo
del buró le devolvía una versión de sí mismo más vieja de lo que debía ser. Un
hombre que había dado todo por esa tregua… y que sabía que no duraría.
Y
entonces, el silencio le trajo un recuerdo que no era suyo del todo...
El Salvador, principios de los 2000s
Su tía mexicana de parte de madre Ximena
Téllez había llegado desde México con olor a tabaco fino, libros viejos y
sal. Adrián aún vivía con sus padres. Ella ya era mayor, pero conservaba esa
mirada afilada de quien había visto algo que no se puede "desver".
Una
noche, sentados en la terraza, con el calor de marzo pegándose a la piel, Ximena bebía
vino blanco y hablaba como si leyera en voz alta un capítulo que nunca publicó.
Le contó
de Ciudad de México, del cielo color nicotina, de una editorial donde era reportera y donde
dejó un manuscrito sin explicar si era ficción o confesión. Le habló de Acapulco, de una mansión abierta, música vieja sonando sola,
sangre seca en las paredes y gatos rojizos caminando entre restos
humanos irreconocibles.
—Hay
hombres que no mueren del todo, Adrián —le dijo entonces—. Algunos se esconden
en la memoria. Otros se diluyen en quienes los enfrentaron. Y unos pocos…
encuentran otra forma de quedarse.
Le habló
del gato que apareció en su balcón una noche despues de los hechos de ese verano de 1971 en Acapulco. De sus ojos verdes. De cómo
entró a su departamento como si regresara a casa.
—Yo lo
maté —le confesó, sin dramatismo—. Pero parte de él… De Odín aún ronroneaba dentro del gato... Por el gato haber comido de su cuerpo.
Adrián no
entendió todo en ese momento.
Pero algo se le quedó adentro, como una astilla dulce y peligrosa.
---
De regreso...
Chloe se
movió entre sueños.
Indra alzó la vista hacia Adrián desde la cama, el pelo negro desparramado
sobre la almohada como tinta derramada.
—Estás
lejos —dijo, sin reproche—. Pensando.
—Sí —respondió
él—. En cosas que vienen de familia.
Se puso
de pie y caminó hasta la ventana. Su silueta quedó recortada contra la luz del
motel, sólida y vulnerable al mismo tiempo.
—Mi tía
Ximena… —dijo al fin—. Cuando salgamos de aquí. Cuando esto termine y Dirk
Callahan deje de ser una sombra respirando… quiero llevarlas a Acapulco.
Vive allá otra vez. Siempre supo reconocer a los monstruos antes de que se
miraran al espejo.
Indra se
levantó. La sábana cayó sin ceremonia. Caminó hacia él.
—¿Y crees
que ella sabrá qué hacer con nosotros?
Adrián
sonrió apenas.
—No. Pero
sabrá decirnos qué no olvidar.
Indra lo
abrazó por la espalda, besándole el cuello con lentitud. Chloe murmuró algo
dormida, sonriendo sin saber por qué.
—Ven a la
cama —susurró Indra—. Antes de que el pasado vuelva a tocarnos el hombro.
Adrián
volvió con ellas.
El
espejo, frente a la cama, vibró apenas.
No reflejó el movimiento de inmediato.
Todavía
no.
Y en
algún lugar, muy lejos y muy cerca al mismo tiempo, algo que no murió del
todo recordó su nombre.
Pero Adrián Barton siguió recordando...
...Carretera 89, Arizona. Varias semanas antes.
La moto rugía entre los desiertos teñidos de naranja. El sol era un cuchillo en el horizonte. Adrián Barton llevaba puestos sus lentes oscuros, el rostro impenetrable, la camiseta blanca pegada a su torso por el sudor y el polvo. Su Ducati negra parecía volar sobre el asfalto ardiente.
Se detuvo en un viejo camino de tierra, desvió el manillar y se bajó frente a un restaurante abandonado: "Coyote Jack's Roadside BBQ". El lugar estaba calcinado por el tiempo, pero un letrero de neón aún colgaba precariamente, como una lengua de fuego congelada en el aire.
Entró. Solo polvo y el eco de una canción que no sonaba. En el suelo, una caja oxidada de discos de vinilo. Sacó uno: "Santana – Abraxas". Sonrió, por primera vez en días.
En la pared, alguien había escrito con lápiz labial rojo:
“Todo lo que vale la pena arde antes de ser recordado.”
No había nadie. Solo la sensación de que algo —o alguien— lo había estado esperando allí y ya se había ido.
Volvió a la moto. Encendió el motor. Siguió hacia el sur, sin saber que en unos días... la gasolinera donde vio por primera vez a Indra y Chloe cambiaría su vida.
Continuara…

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