Arena Roja: Infierno Azul
Por: Dirk Kelly
Capítulo 15
Motel Infierno Azul, habitación 5. 05:14 AM.
Chloe Seyfried caminaba descalza sobre la alfombra desteñida, envuelta en una toalla que apenas cubría su espalda. Indra Mathers estaba en ropa interior, sentada en la esquina de la cama. Adrián Barton, sin camiseta, preparaba café con la cafetera antigua un tanto oxidada cerca del microondas.
Dylan Mercer miraba el anillo.
—¿Sabes qué es esto, verdad? —dijo, con voz ronca.
—Sí —respondió Indra, con un brillo frío en los ojos—. Es de él.
—Del maldito Dirk Callahan —agregó Chloe, sentándose con las piernas cruzadas—. Juro por todo lo que amo que vi ese anillo cuando él nos acorraló contra la pared en la cabaña del bosque del norte… ¿Recuerdan?
Adrián colocó tres tazas sobre la mesa. El café humeaba, espeso y oscuro como aceite de motor. Se sirvió él primero y bebió sin azúcar.
—¿Y por qué carajo estaba su anillo dentro de ese espejo, huh? —dijo, entre dientes—. ¿Qué mierda significa eso?
Cassian, desde el pasillo, apareció con una taza de té en mano. Zaza venía detrás, envuelta en una bata de baño del motel.
—Significa que Dirk ya ha cruzado ese espejo antes —dijo Cassian, sin siquiera saludar—. Tal vez… fue él quien lo abrió.
Zaza se sentó al borde de la ventana, fumando.
—Y tal vez por eso está tan jodido— dijo Zaza.
—¿Desde cuándo sabían ustedes sobre esta cosa? —preguntó Indra con tono acusador.
—Desde antes que llegaran —respondió Zaza, sin pestañear—. Colt y Ramona nos dijeron que ustedes desenterraron cosas que llevaban siglos dormidas. Nosotros solo vinimos a observar los bordes… no pensábamos que llegarían al corazón.
Chloe se sirvió café. Le echó dos cucharadas de azúcar, un chorro de crema en polvo y un toque de sal de la pequeña bolsita del motel.
—¿Saben qué pienso? —dijo, con una sonrisa tan dulce como venenosa—. Que si Dirk volvió a cruzar el espejo… ya no es solo humano. No del todo.
Cassian asintió.
—Tal vez nunca lo fue.
Silencio. Solo el ventilador viejo girando.
Adrián apoyó los codos en la mesa. Su espalda aún tenía las marcas negras que el otro mundo le dejó.
—No quiero sonar a cliché, pero… esto ya no es solo un viaje. No es solo venganza, ni solo sexo ni nostalgia noventera, ni libertad. Esto ya es otra cosa.
Chloe lo miró.
—¿Una guerra?
Indra se levantó.
—O una purga.
Zaza dejó caer la colilla en la taza vacía. Y dijo...
—Dirk no está huyendo. Está jugando con nosotros. Y lo peor… es que disfruta cada segundo.
Dylan tomó el anillo y lo colocó sobre la mesa. Lo observaban todos.
—¿Y si es una trampa? ¿Si quiere que pensemos que lo vencimos… cuando lo que realmente hizo fue marcarnos?—dijo Dylan.
—Yo ya estoy marcada desde hace días —dijo Chloe, riendo suavemente—. ¿No lo han notado?
Cassian la miró de reojo.
—Sí. Pero el problema es que ahora… todos lo estamos.
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Habitación 8 del Infierno Azul. 6:33 AM.
Una sombra se proyectaba desde adentro. Un cuerpo desnudo bajo la luz tenue. Solo se escuchaba una respiración lenta… y las uñas de alguien arañando el vidrio del espejo desde dentro.
Una voz masculina, encantadora y fría como el metal susurró:
—Aún no han visto nada.
Era Dirk.
Dirk Callahan estaba de pie frente al espejo, completamente desnudo, con la piel perlada por el sudor y su silueta marcada por una musculatura peculiar: no del tipo de gimnasio, sino esculpida por disciplina. Su cuerpo parecía una escultura de arte realista contemporáneo: espigado como un bailarín clásico, firme como un ciclista olímpico. La luz azulada del faro a lo lejos parpadeaba a través de la ventana, tiñendo la habitación con destellos azules de un infierno suave.
Su reflejo en el espejo lo observaba, ligeramente desfasado. Sonrió.
—¿Sabes qué diferencia a un artista de un animal? —empezó, con voz serena, encantadora, hablandole a su reflejo, como si hablara al espectador de una película que solo él protagonizaba—. El animal siente... pero el artista transforma eso en arquitectura.
Se acercó al espejo. Su aliento empañó el vidrio.
—Esta habitación... la ocho. Este faro. Esta cabaña. Todo esto ya fue mío. Igual que los de La Sirena y El Diablo. La primera vez, nadie lo entendió. La segunda vez... tampoco. Pero ahora... ahora ya no se trata solo de venganza. Se trata de un diseño tambien.
La cámara mental de su mente viajaba. Recordó... Él en en su adolescencia, uniforme católico impecable, blazer negro, camisa blanca, cuello cerrado. Indra en falda gris, medias negras, postura altiva, riéndose bajito con Chloe, quien recién llegada, lucía un suéter oversized color pastel y labios de cereza.
Dirk las observaba desde la biblioteca. Fingía leer a Sade, pero sus ojos estaban clavados en Indra. Fascinado por su liderazgo. Enloquecido por su desprecio.
De vuelta al presente, respiraba hondo, casi temblando. Su mente proyectaba a Indra ahora —atuendo de cuero, labios mordidos, sus piernas enlazadas entre las de Chloe mientras Adrián las rodeaba como un depredador protector.
Dirk jadeó... pero se contuvo.
—Los tríos son lindos —musitó, caminando lentamente hacia el centro del cuarto, iluminado solo por la lámpara roja del buró—. Pero los laberintos... los laberintos son mejores. Porque nadie sale igual que entró.
El espejo crujió.
Un leve susurro. Una voz que parecía propia. O tal vez no.
Dirk cerró los ojos. Su sonrisa era de éxtasis contenido.
Continuará...

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